Quiero escribir un cuento, no, sólo por escribir quiero escribir un cuento, o tal vez tan sólo quiero escribir por escribir, para manchar de negro con ideas este espacio blanco que únicamente tiene la de ser llenada con las de otro y mostrarse, ver cómo la imaginación pinta con letras un retrato, un niño, un paisaje, una historia, o un retrete.
Llevo años pensando en esta idea y hoy que no puedo dormir decidí escribir por escribir, plasmar en una hoja lo que a mi mente venga, y lo que a mi mente viene es el deseo de poder dormir, pero el sueño se ha ido y con él mis musas, o lo que sea que en ocasiones me inspira; a lo lejos escucho un “cuete”, el clásico chiflador que se ceba en el cielo, el ladrido de un perro y de pronto un recuerdo viene a mi mente, un 15 de septiembre, una fiesta de independencia, un niño travieso armado con un bote de gasolina, una pirotecnia y un poste de teléfono, de esos de madera, ardiendo en llamas, no tengo claro en mi mente como se juntaron todos esos elementos, pero fue tremendo, todos los primos corriendo en busca de agua para apagar el fuego y al final las risas nerviosas de haberlo sofocado y de haber hecho una travesura… que buenos recuerdos.
Lo sé, lo sé, van a decir que qué peligroso, y tal vez tengan razón, pero al final no pasó nada, como nunca pasó con muchas cosas, una muñeca soltando tremendos chisguetes de sangre, un niño cayendo en el cofre de un auto, un descansa brazo recibiendo el impacto de una cabeza, la misma contra una cancha de tenis, otra que se estrella... ora contra un barandal, ora contra los juegos de un parque, ora contra el fondo de una alberca, un dedo con un pedazo de piel y carne al aire, un niño volando contra un bote de juguetes, una caja perforando un labio, un diente perforando una lengua, un balonazo en la cara, otro, y otro más, y una infinidad de ellos pegando en la cara de tres niños, espinillas con verdaderos chichones, una clavícula rota, un par de hombros zafados, unas manos deshechas tras frenar con ellas la caída en el pavimento, un microbusero madreado, una llanta que rebasa su propio auto, un Thunderbird impactando un par de vochos, una camioneta Combi abriendo un boquete en la pared de la cocina, unas patadas en un juego de volibol, otras en uno de tocho, una pérdida temporal de memoria, una mano debajo de unos tachones de futbol, un niño semi ahogado, un dedo machucado con la puerta de un Renault, otros dedos prensados bajo una silla playera, un diente girado, un codazo en la nariz, una ola que se traga a uno, otra que por poco se lleva a una niña, un señor ahogándose con una pizza y podría seguir la lista de eventos que marcaron mi vida y que agradezco de ahí no pasaron, pero que, agradezco más, reforzaron los lazos que tenía con mis hermanos y crearon los lazos que forme con mis hermanos.
Ahora si quiero dormir, bendito insomnio que me trajo estos recuerdos y me permitió escribir tan sólo por escribir.
Hermanos todos, los llevo en el corazón.
Este blog lo he creado para publicar mis cuentos y ocurrencias, espero que lo disfrutes.
viernes, 10 de septiembre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Esquizofrenia Monocular
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Me desespera no poder comunicarme con mi amigo imaginario, sé que habla, porque de momento lo veo articular palabras, pero al prestarle atención desaparece.
Comencé viendo manchas, siempre del lado derecho, pero al volver la vista no había nada, tenía que mantener la vista al frente para poder ver de reojo mis imágenes, después aparecieron los insectos, principalmente cucarachas, pensé en alguna evolución supersónica, pues al girar, nada. Con el tiempo mis visiones han evolucionado, de perros pasé a orangutanes y por último a seres humanos, a uno en particular; por un tiempo tuvo aspecto de Cromañón, pero solo fueron semanas, un poco violentas, eso sí, por la excitación de su carácter, pero sin eventos que lamentar.
Primero pensé que se trataba de una visión un poco tímida, porque se desvanecía al verse descubierta por mis ojos, pero pronto me di cuenta que sólo se manifestaba de mi lado derecho y al mirarlo con el izquierdo, adiós. Tampoco puedo escucharlo, porque la esquizofrenia la tengo únicamente en el ojo derecho, ninguno de los oídos lo son y al parecer él no me escucha porque tampoco mi boca lo es; presiento que él ha de pensar que soy mudo. ¿Sentirá curiosidad por saber cómo es el lado izquierdo de mi cara?
No me molesta mi esquizofrenia monocular, pero preferiría que fuera completa para poder comunicarme con Wenceslao (me imagino que así se ha de llamar) y saber de su pasado, escuchar su voz, sus ideas, pedirle consejos y tirarle brujas a los pies… también me gustaría no tenerla para poder salir una vez más con mis amigos fuera del sanatorio.
Me desespera no poder comunicarme con mi amigo imaginario, sé que habla, porque de momento lo veo articular palabras, pero al prestarle atención desaparece.
Comencé viendo manchas, siempre del lado derecho, pero al volver la vista no había nada, tenía que mantener la vista al frente para poder ver de reojo mis imágenes, después aparecieron los insectos, principalmente cucarachas, pensé en alguna evolución supersónica, pues al girar, nada. Con el tiempo mis visiones han evolucionado, de perros pasé a orangutanes y por último a seres humanos, a uno en particular; por un tiempo tuvo aspecto de Cromañón, pero solo fueron semanas, un poco violentas, eso sí, por la excitación de su carácter, pero sin eventos que lamentar.
Primero pensé que se trataba de una visión un poco tímida, porque se desvanecía al verse descubierta por mis ojos, pero pronto me di cuenta que sólo se manifestaba de mi lado derecho y al mirarlo con el izquierdo, adiós. Tampoco puedo escucharlo, porque la esquizofrenia la tengo únicamente en el ojo derecho, ninguno de los oídos lo son y al parecer él no me escucha porque tampoco mi boca lo es; presiento que él ha de pensar que soy mudo. ¿Sentirá curiosidad por saber cómo es el lado izquierdo de mi cara?
No me molesta mi esquizofrenia monocular, pero preferiría que fuera completa para poder comunicarme con Wenceslao (me imagino que así se ha de llamar) y saber de su pasado, escuchar su voz, sus ideas, pedirle consejos y tirarle brujas a los pies… también me gustaría no tenerla para poder salir una vez más con mis amigos fuera del sanatorio.
sábado, 15 de mayo de 2010
El viejo no quiere morir
El viejo no quiere morir y no es por falta de circunstancias, sufre mucho y los dolores son intensos, otro en su lugar ya habría cedido el cuerpo, pero este hombre no, no se decide a entregar la vida, es tanto su miedo, que prefiere seguir sufriendo a dar el segundo paso; y hablando de su pánico, no lo es tanto por la muerte en sí, que sí le teme, mas es mayor su temor al destino de su desdichada hija, la nena, la pobrecita niña de 37 años, que no podrá arreglárselas sin él… piensa así el desdichado.
A decir verdad, y a riesgo de parecer insensible, no es mucho lo que me importa la niña, no es su situación la que me intriga, es la fuerza que tiene el hilo de vida que lo mantiene respirando lo que verdaderamente llama mi atención, a mi mente viene la escena del cabello de superman sosteniendo en el aire una masa de 1000 toneladas… pero hasta el pelo del súper héroe debe tener un límite, una cosa es cargar una masa, por descomunal que parezca, y otra es mantener con vida, a través de una fina hebra, un cuerpo inundado de muerte, de esa muerte que ha arrasado con poblados, generaciones y épocas enteras, qué podría hacer un cabello de acero contra el peso de la muerte, no resistiría ni el primer tirón.
Y no solo me intriga la situación, también me hiere, pues quiero al viejo, condenado viejo pelón cómo lo he querido siempre, ojalá ya puedas descansar, mas ese hilo de vida y miedo parece irrompible y no te lo permite, qué combinación tan irónica y tan resistente, como si el temor fuera una vena que suministrara vida al cuerpo, y por más que la muerte la consumiera, el pavor de partir manara existencia a borbotones.
Vete ya viejo, que mi padre y el tuyo te esperan y nada le pasará a tu hija, tal vez aprenda a vivir, pero eso no es tan malo ¿o no a eso hemos venido? Cierra ya tus ojos, viejo y escucha las voces que te llaman, deja que reviente el cordón, ya mereces descansar.
A decir verdad, y a riesgo de parecer insensible, no es mucho lo que me importa la niña, no es su situación la que me intriga, es la fuerza que tiene el hilo de vida que lo mantiene respirando lo que verdaderamente llama mi atención, a mi mente viene la escena del cabello de superman sosteniendo en el aire una masa de 1000 toneladas… pero hasta el pelo del súper héroe debe tener un límite, una cosa es cargar una masa, por descomunal que parezca, y otra es mantener con vida, a través de una fina hebra, un cuerpo inundado de muerte, de esa muerte que ha arrasado con poblados, generaciones y épocas enteras, qué podría hacer un cabello de acero contra el peso de la muerte, no resistiría ni el primer tirón.
Y no solo me intriga la situación, también me hiere, pues quiero al viejo, condenado viejo pelón cómo lo he querido siempre, ojalá ya puedas descansar, mas ese hilo de vida y miedo parece irrompible y no te lo permite, qué combinación tan irónica y tan resistente, como si el temor fuera una vena que suministrara vida al cuerpo, y por más que la muerte la consumiera, el pavor de partir manara existencia a borbotones.
Vete ya viejo, que mi padre y el tuyo te esperan y nada le pasará a tu hija, tal vez aprenda a vivir, pero eso no es tan malo ¿o no a eso hemos venido? Cierra ya tus ojos, viejo y escucha las voces que te llaman, deja que reviente el cordón, ya mereces descansar.
martes, 11 de mayo de 2010
¿Qué tal una jetita?
Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivió una joven princesa de inmaculada belleza, tenía un rostro verdaderamente angelical y un cuerpo de ensueño, delgado y escultural, era tal su hermosura que en el reino se la conocía como “bella”, pero bien le pudieron haber llamado “sabrosa” y hubiese sido igualmente acertado, sin embargo, algo había que se interponía entre ella y la perfección: su arrebato, tanto la mimaron en su vida, que terminaron por descomponerla y así fue como sucedió que, el día en que la bella niña cumplió sus quince primaveras, se pinchó un dedo con la aguja de una rueca y dio comienzo el padre de los berrinches; gritos y llanto salieron de su contorsionado cuerpo, pataletas y mas pataletas interpretó la escuincla hasta hartarse y por último se encerró en la torre más alta, el desgaste de energía fue abundante y generoso, pero sobre todo fatigoso, tanto, que la niña se quedó dormida y no volvió a despertar.
Pasaron los años y como siempre la historia se convirtió en mito y el mito en leyenda, y esta llegó a los oídos de un apuesto y valiente príncipe; por aquellos días se cumplían ya cien años de modorra y él, motivado por la descripción de su belleza y sensualidad, decidió ir a despertarla con un beso y, por qué no, alguna que otra caricia. Ordenó a su lacayo preparase el viaje y a la mañana siguiente, montando sus caballos, partieron. Cabalgaron durante 3 días con sus noches hasta llegar al reino de la bella y al acercarse al casillo notaron que estaba vació, abandonado, ni sirviente ni amo encontraron a la vista, una gran cantidad de hiedra y espinos rodeaban las murallas. A punta de espada se abrieron paso hasta lo que algún día fueron los jardines reales y comenzaron a buscar el camino a la torre más alta, al pie de las escalera se quedó parado el príncipe y un escalofrío inundó su cuerpo, iniciaron el ascenso y con cada paso su corazón se aceleraba, con los sentimientos a flor de piel se detuvo frente a la puerta de la gloriosa habitación y la empujó.
Lo que encontró tras abrir aquella puerta fue impresionante, una tenue luz de atardecer cruzaba la habitación desde la ventana hasta la cama, colores terracota se atropellaban al entrar por sus pupilas, olores añejos, madera, papel, fibras, un ambiente denso, cargado, flotaba en el dormitorio, las ropas de cama, completamente raídas, volaban con la brisa, aquello parecía una morada de fantasmas, las de la princesa no tenían mejor suerte y dejaban ver gran parte de su cuerpo; con los ojos desorbitados la observaba sin aliento el príncipe, ella lo miró y a él se le salió el corazón del pecho, la belleza, la tersura de la piel y las deliciosas curvas ya no habitaban su cuerpo, en su lugar arrugas, yagas, cueros colgados y sequedad habían prosperado, agonizante, la arcaica princesa profirió su último suspiro y así murió la mujer por la que nació la leyenda de “la vieja huevona esa.”
Pasaron los años y como siempre la historia se convirtió en mito y el mito en leyenda, y esta llegó a los oídos de un apuesto y valiente príncipe; por aquellos días se cumplían ya cien años de modorra y él, motivado por la descripción de su belleza y sensualidad, decidió ir a despertarla con un beso y, por qué no, alguna que otra caricia. Ordenó a su lacayo preparase el viaje y a la mañana siguiente, montando sus caballos, partieron. Cabalgaron durante 3 días con sus noches hasta llegar al reino de la bella y al acercarse al casillo notaron que estaba vació, abandonado, ni sirviente ni amo encontraron a la vista, una gran cantidad de hiedra y espinos rodeaban las murallas. A punta de espada se abrieron paso hasta lo que algún día fueron los jardines reales y comenzaron a buscar el camino a la torre más alta, al pie de las escalera se quedó parado el príncipe y un escalofrío inundó su cuerpo, iniciaron el ascenso y con cada paso su corazón se aceleraba, con los sentimientos a flor de piel se detuvo frente a la puerta de la gloriosa habitación y la empujó.
Lo que encontró tras abrir aquella puerta fue impresionante, una tenue luz de atardecer cruzaba la habitación desde la ventana hasta la cama, colores terracota se atropellaban al entrar por sus pupilas, olores añejos, madera, papel, fibras, un ambiente denso, cargado, flotaba en el dormitorio, las ropas de cama, completamente raídas, volaban con la brisa, aquello parecía una morada de fantasmas, las de la princesa no tenían mejor suerte y dejaban ver gran parte de su cuerpo; con los ojos desorbitados la observaba sin aliento el príncipe, ella lo miró y a él se le salió el corazón del pecho, la belleza, la tersura de la piel y las deliciosas curvas ya no habitaban su cuerpo, en su lugar arrugas, yagas, cueros colgados y sequedad habían prosperado, agonizante, la arcaica princesa profirió su último suspiro y así murió la mujer por la que nació la leyenda de “la vieja huevona esa.”
jueves, 29 de abril de 2010
Manipulación
La urraca se encuentra en la rama de siempre, la que le da esos frutos semidulces, semiamargos, que la idiotizan toda; si me fijo bien descubro que no es fea, es esbelta y tiene tonalidades azules a contra luz, pero su graznido lastima y todo el día grazna.
Siempre posada en la misma rama, sin importar si llueve a cantaros o granizan verdaderas piedras, o si hace un aire endemoniado, la urraca grazna lastimeramente, e invariablemente siempre en la misma rama se balancea, y entre más la rama se agita, más la urraca se aferra a ella, como si en ello le fuera la vida.
La rama la mal cobija y la mal alimenta, pero a tal grado la idiotiza, que a pesar de hacerle daño, la urraca solo en ella confía; y no se da cuenta que hasta con simples vaivenes cruje la rama, pues en su base enormes grietas se abren y comienza ya la madera a pudrirse, rayos de luz penetran entre sus negras fibras, y a pesar de que el pájaro lo ve, está convencido de que la rama es eterna; yo me doy cuenta que cada día se encuentra más vencido el tronco, pero no soy yo quien en él se posa, es la urraca que todo el día grazna, y hasta me parece que con cada espantoso canto, más debilita su base.
Por fin cae la rama y tan aferrada está la urraca, que con todo y ella se precipita al suelo, caen muy mal, el peso del ave voltea el tronco y le cae encima, rotas las piernas y las alas, y con el pico torcido, lo que más le duele a la pajarraco es el corazón de haber visto caer a su ídolo; tanto confió en él, que no pudo ver que se estaba pudriendo, por tanto tiempo se aferró a él que no pudo soltarse cuando cayó.
La urraca ha vuelto a volar con trabajos y nuevamente sobre una rama del árbol de la conversión se ha vuelto a posar, y entre graznido y graznido el ave se alimenta de frutos que la idiotizan.
Siempre posada en la misma rama, sin importar si llueve a cantaros o granizan verdaderas piedras, o si hace un aire endemoniado, la urraca grazna lastimeramente, e invariablemente siempre en la misma rama se balancea, y entre más la rama se agita, más la urraca se aferra a ella, como si en ello le fuera la vida.
La rama la mal cobija y la mal alimenta, pero a tal grado la idiotiza, que a pesar de hacerle daño, la urraca solo en ella confía; y no se da cuenta que hasta con simples vaivenes cruje la rama, pues en su base enormes grietas se abren y comienza ya la madera a pudrirse, rayos de luz penetran entre sus negras fibras, y a pesar de que el pájaro lo ve, está convencido de que la rama es eterna; yo me doy cuenta que cada día se encuentra más vencido el tronco, pero no soy yo quien en él se posa, es la urraca que todo el día grazna, y hasta me parece que con cada espantoso canto, más debilita su base.
Por fin cae la rama y tan aferrada está la urraca, que con todo y ella se precipita al suelo, caen muy mal, el peso del ave voltea el tronco y le cae encima, rotas las piernas y las alas, y con el pico torcido, lo que más le duele a la pajarraco es el corazón de haber visto caer a su ídolo; tanto confió en él, que no pudo ver que se estaba pudriendo, por tanto tiempo se aferró a él que no pudo soltarse cuando cayó.
La urraca ha vuelto a volar con trabajos y nuevamente sobre una rama del árbol de la conversión se ha vuelto a posar, y entre graznido y graznido el ave se alimenta de frutos que la idiotizan.
sábado, 27 de febrero de 2010
El pueblo de Revés
Erase una vez un pueblo en que todo estaba al revés, y tan al revés estaba todo, que parecía que todo estaba al derecho, pues la lluvia dentro de las casas caía y a las calles corrían todos a resguardarse, los calzones se usaban arriba de los pantalones y las etiquetas de la ropa iban por fuera, el zapato derecho iba en el pie izquierdo mientras los calcetines cubrían los zapatos, y lo más divertido de todo… los niños educaban a sus papás.
Ruy era hijo único y tenía que hacerse cargo de sus dos padres, por suerte no tenía que hacerlo solo, su abuelo Max le ayudaba con la tarea de cuidarlos al regresar del kinder y era entonces que él podía irse a jugar para poder recibir los alimentos que le daban cuando paseaba por el parque y corría por las calles.
La tarea de educar a los padres era cosa seria, pues todo el tiempo querían mantener la casa en orden, limpiar, trabajar, asistir a juntas aburrida, adquirir responsabilidades que los ponían de mal humor, y realizar todas aquellas actividades a las que normalmente los padres se hacían aficionados y los llenaban de cansancio y estrés, y que disminuían peligrosamente la diversión del hogar. Al principio fue un desastre aquello, él era muy pequeño y sus padres no solo no le entendían, sino que hacían lo que querían, por suerte su abuelo ya había pasado por aquello y ya sabía cómo domar papás descarrilados; es verdad, la carga fue demasiado, pero los chicos, independientemente donde nazcan, ya sea en Nueva York, en París, en el DF o incluso en el Pueblo de Revés, crecen demasiado rápido, y pronto pudo hacerse entender y comenzar a meter en cintura a esos padres tan responsables y aburridos… y debo decirlo, entre los dos hicieron un excelente trabajo, los señores se desentendieron de toda responsabilidad y dedicaron mañana tarde y noche a divertirse.
Con estos comportamientos pronto fueron la envidia de todo el pueblo, jamás nadie había logrado tal obediencia por parte de sus padres, ni aún con la complicidad de los abuelos, Ruy y el abuelo Max se sintieron orgullosos de su trabajo. Me gustaría decir que aquello duró para siempre, pero el gusto solo les duró poco más de un año, pronto la casa se convirtió en un desastre, olores desagradables comenzaron a emanar por todos los rincones y las últimas lluvias lo empeoraban todo, la habían inundado por completo, los vidrios se habían roto por la presión del agua y había corrido hacia las calles, sin embargo, la humedad se había aferrado a las paredes y los muebles; pronto la casa se lleno de moscas y mosquitos y comenzaron a enfermarse todos los que allí vivían, Ruy dejó de jugar, la imaginación del abuelo dejó de producir lo hermosos cuentos que tanto disfrutaba su familia y sus padres se la pasaban todo el día en cama con fiebres realmente altas; las paredes se descarapelaron, los muebles se hincharon, el techo comenzó a caerse y los pisos se desprendieron; la cocina estaba patas pa’rriba, los trastes sucios, comida tirada, cochambre en la estufa y salitre en las paredes; los baños… bueno, los baños eran otra cosa, de lo peor, habían quedado inservibles, apestosísimos y más que percudidos, en pocas palabras, aquella casa era un lamento y entonces dejaron de ser la envidia del pueblo para convertirse en la lástima del mundo.
Nadie sabe cómo, pero un día su papá se levantó y comenzó a hacer un poco de limpieza, al escuchar el ruido mamá también se levantó y comenzó a ayudar, pronto Ruy y su abuelito se sumaron al equipo de limpieza y entre los cuatro, después de un mes entero, levantaron de nuevo la casa, la salud regresó y con ella los cuentos del abuelo, tanto el abuelo Max como Ruy y sus papás habían aprendido la lección, no podían olvidarse de todas las responsabilidades así como así, ni tampoco podían pasarse el día entero sin diversión, tenían que encontrar tiempo para todo, empezando por ellos mismos.
El pueblo continuó siendo el pueblo de Revés y ellos continuaron su vida allí, siguiendo las reglas, viviendo, aprendiendo y corriendo a las calles cada que llovía dentro de su casa.
Ruy era hijo único y tenía que hacerse cargo de sus dos padres, por suerte no tenía que hacerlo solo, su abuelo Max le ayudaba con la tarea de cuidarlos al regresar del kinder y era entonces que él podía irse a jugar para poder recibir los alimentos que le daban cuando paseaba por el parque y corría por las calles.
La tarea de educar a los padres era cosa seria, pues todo el tiempo querían mantener la casa en orden, limpiar, trabajar, asistir a juntas aburrida, adquirir responsabilidades que los ponían de mal humor, y realizar todas aquellas actividades a las que normalmente los padres se hacían aficionados y los llenaban de cansancio y estrés, y que disminuían peligrosamente la diversión del hogar. Al principio fue un desastre aquello, él era muy pequeño y sus padres no solo no le entendían, sino que hacían lo que querían, por suerte su abuelo ya había pasado por aquello y ya sabía cómo domar papás descarrilados; es verdad, la carga fue demasiado, pero los chicos, independientemente donde nazcan, ya sea en Nueva York, en París, en el DF o incluso en el Pueblo de Revés, crecen demasiado rápido, y pronto pudo hacerse entender y comenzar a meter en cintura a esos padres tan responsables y aburridos… y debo decirlo, entre los dos hicieron un excelente trabajo, los señores se desentendieron de toda responsabilidad y dedicaron mañana tarde y noche a divertirse.
Con estos comportamientos pronto fueron la envidia de todo el pueblo, jamás nadie había logrado tal obediencia por parte de sus padres, ni aún con la complicidad de los abuelos, Ruy y el abuelo Max se sintieron orgullosos de su trabajo. Me gustaría decir que aquello duró para siempre, pero el gusto solo les duró poco más de un año, pronto la casa se convirtió en un desastre, olores desagradables comenzaron a emanar por todos los rincones y las últimas lluvias lo empeoraban todo, la habían inundado por completo, los vidrios se habían roto por la presión del agua y había corrido hacia las calles, sin embargo, la humedad se había aferrado a las paredes y los muebles; pronto la casa se lleno de moscas y mosquitos y comenzaron a enfermarse todos los que allí vivían, Ruy dejó de jugar, la imaginación del abuelo dejó de producir lo hermosos cuentos que tanto disfrutaba su familia y sus padres se la pasaban todo el día en cama con fiebres realmente altas; las paredes se descarapelaron, los muebles se hincharon, el techo comenzó a caerse y los pisos se desprendieron; la cocina estaba patas pa’rriba, los trastes sucios, comida tirada, cochambre en la estufa y salitre en las paredes; los baños… bueno, los baños eran otra cosa, de lo peor, habían quedado inservibles, apestosísimos y más que percudidos, en pocas palabras, aquella casa era un lamento y entonces dejaron de ser la envidia del pueblo para convertirse en la lástima del mundo.
Nadie sabe cómo, pero un día su papá se levantó y comenzó a hacer un poco de limpieza, al escuchar el ruido mamá también se levantó y comenzó a ayudar, pronto Ruy y su abuelito se sumaron al equipo de limpieza y entre los cuatro, después de un mes entero, levantaron de nuevo la casa, la salud regresó y con ella los cuentos del abuelo, tanto el abuelo Max como Ruy y sus papás habían aprendido la lección, no podían olvidarse de todas las responsabilidades así como así, ni tampoco podían pasarse el día entero sin diversión, tenían que encontrar tiempo para todo, empezando por ellos mismos.
El pueblo continuó siendo el pueblo de Revés y ellos continuaron su vida allí, siguiendo las reglas, viviendo, aprendiendo y corriendo a las calles cada que llovía dentro de su casa.
viernes, 26 de febrero de 2010
Cruda espacial
Este era un meteorito que se dirigía directamente hacia la tierra, aunque se suponía que era otro el curso que tenía que seguir, la noche anterior había decidido, mientras consumía cantidades industriales de alcohol, modificar su curso; a decir verdad no era un meteorito violento, o como quien dice gandalla, no, lo que sucede es que en sus infinitos viajes por el espacio había recibido algunas señales provenientes de la tierra, eran ondas de radio que de pronto se habían convertido en imágenes, imágenes de un tal Tin tan y de otro llamado Woody Allen, el meteorito había quedado maravillado con el genio de estos dos humanos, así que durante la borrachera tomó la decisión de modificar su rumbo hacia la tierra. Dormido entró en contacto con la atmósfera, ni cuenta se dió cuando comenzó a incendiarse, y era de esperarse, con la cruda que traía ya de por sí venía ardiendo; fui testigo por casualidad cuando dejó de ser meteorito para convertirse en estrella fugaz, que bello espectáculo me ofreció, sentado fuera de mi casa de campaña contemplaba las estrellas cuando la vi venir, directo a donde me encontraba, abrí el carrito de paletas en donde enfriaba mis cervezas, tomé una y la destapé, dejando abierta la tapa del carrito, cuando terminé de beber cayó en el hielo lo que quedaba del meteorito, el alivio fue para los dos, yo también deseaba el sonido de frescura que lo apagara por completo, y es que se bien lo que una cruda puede hacer sufrir a uno.
jueves, 14 de enero de 2010
La tercera parte de la distancia
Después de tanto esfuerzo pude lanzarle aquella piedra y lo hice con tanta determinación que el proyectil salió exactamente en la dirección que yo deseaba, vi cómo se dirigía directamente a su cabeza, por muy rápido que corriera, por muy veloz que reaccionara, no podría evitar el golpe, adiviné sus movimientos, él voltearía a verme con su mueca socarrona al tiempo que la piedra se estrellara en su jeta, esa sería mi venganza, sin embargo la piedra no había terminado de recorrer una tercera parte de su distancia cuando escuché el grito de Sofía, once meses atrás la había conocido en un centro comercial, iba acompañada de alguno de sus compañeros de trabajo, lo primero que me atrajo fue su risa y después, la forma en que me miró mientras reía, no pude más que guiñarle un ojo y ella me correspondió con su sonrisa.
La piedra siguió su camino, pero antes de recorre la tercera parte de la distancia que faltaba se oyó el rechinar de unas llantas, era el estúpido vecino de Sofía que maneja como animal, siempre llegaba a su casa hecho la chingada; a punto estuvo de atropellarlo ¿Por qué no lo hizo?, seguramente este cabrón lo había visto entrar a su casa varias veces… la risa que le habrá dado cuando nos veía juntos.
La piedra siguió su camino, pero antes de recorre la tercera parte de la distancia que faltaba el perro de Sofía comenzó a ladrar, tal vez percibió lo que habría de suceder, me pregunto si le habrá movido la cola a este idiota igual que me la movía a mi cuando llegaba a verla.
La piedra siguió su camino, pero antes de recorre la tercera parte de la distancia que faltaba sonó un cohete en algún lado, y yo recordé la feria de San Marcos, Sofía se había escapado conmigo un fin de semana a Aguascalientes, fue la primera vez que hicimos el amor, por que aquello fue eso, no la porquería que me pareció lo que un momento antes había visto.
La piedra siguió su camino, pero antes de recorre la tercera parte de la distancia que faltaba, alguna mujer en algún lugar de España, o en Roma, o incluso en algún lugar de la Ciudad de México, estaría gimiendo de placer al tener sexo, igual que unos instantes antes Sofía gemía entre las piernas de ese imbecil.
La piedra siguió su camino, pero antes de recorre la tercera parte de la distancia que faltaba, alguien era golpeado brutalmente por otro hombre que se chingaba a su mujer, igual que a mi me había golpeado cruelmente aquel tipo, mientras permanecía inmóvil… tembloroso más bien, ante el cuerpo desnudo de Sofía.
La piedra siguió y siguió su camino, completando cada vez la tercera parte de la distancia que le faltaba, y un sinfín de sucesos acontecieron en el mundo durante cada tercera parte del trayecto, hubo muertes, heridas, sorpresas, desquicios, alegrías, risas, llantos y cada evento me trajo un recuerdo de Sofía, y por un instante creí que la piedra jamás llegaría a su destino, por que cada tercera parte algo sucedía, pero me distraje al verlo voltear con su mueca socarrona y la piedra se estrelló en su jeta… y nada más aconteció después de mi venganza, su cuerpo cayó sin vida al tiempo que el mío caía, Sofía me había matado con un cuchillo en la espalda.
La piedra siguió su camino, pero antes de recorre la tercera parte de la distancia que faltaba se oyó el rechinar de unas llantas, era el estúpido vecino de Sofía que maneja como animal, siempre llegaba a su casa hecho la chingada; a punto estuvo de atropellarlo ¿Por qué no lo hizo?, seguramente este cabrón lo había visto entrar a su casa varias veces… la risa que le habrá dado cuando nos veía juntos.
La piedra siguió su camino, pero antes de recorre la tercera parte de la distancia que faltaba el perro de Sofía comenzó a ladrar, tal vez percibió lo que habría de suceder, me pregunto si le habrá movido la cola a este idiota igual que me la movía a mi cuando llegaba a verla.
La piedra siguió su camino, pero antes de recorre la tercera parte de la distancia que faltaba sonó un cohete en algún lado, y yo recordé la feria de San Marcos, Sofía se había escapado conmigo un fin de semana a Aguascalientes, fue la primera vez que hicimos el amor, por que aquello fue eso, no la porquería que me pareció lo que un momento antes había visto.
La piedra siguió su camino, pero antes de recorre la tercera parte de la distancia que faltaba, alguna mujer en algún lugar de España, o en Roma, o incluso en algún lugar de la Ciudad de México, estaría gimiendo de placer al tener sexo, igual que unos instantes antes Sofía gemía entre las piernas de ese imbecil.
La piedra siguió su camino, pero antes de recorre la tercera parte de la distancia que faltaba, alguien era golpeado brutalmente por otro hombre que se chingaba a su mujer, igual que a mi me había golpeado cruelmente aquel tipo, mientras permanecía inmóvil… tembloroso más bien, ante el cuerpo desnudo de Sofía.
La piedra siguió y siguió su camino, completando cada vez la tercera parte de la distancia que le faltaba, y un sinfín de sucesos acontecieron en el mundo durante cada tercera parte del trayecto, hubo muertes, heridas, sorpresas, desquicios, alegrías, risas, llantos y cada evento me trajo un recuerdo de Sofía, y por un instante creí que la piedra jamás llegaría a su destino, por que cada tercera parte algo sucedía, pero me distraje al verlo voltear con su mueca socarrona y la piedra se estrelló en su jeta… y nada más aconteció después de mi venganza, su cuerpo cayó sin vida al tiempo que el mío caía, Sofía me había matado con un cuchillo en la espalda.
martes, 12 de enero de 2010
Confesión
Para Rosaura:
Debo confesarte Rosaura que yo maté a la niña, no lo hice por gusto, aunque sabes bien que nunca me agradó su presencia; a decir verdad, acepté convivir con ella por que me condicionaste a hacerlo o a largarme por mi lado, te confieso que me sentí destrozado, desplazado por la niña, yo había sido tu elección y tú continuabas siendo la mía, pero no te culpo de nada, reconozco que parte de la responsabilidad es mía, tuve miedo de alejarme de tu lado, de comenzar una vida sin ti y quedé atrapado en una relación, si no totalmente insatisfactoria, sí apenas tolerante.
No estoy orgulloso de lo que hice, pero tampoco me arrepiento, tarde o temprano tendría que pasar, y es que la forma en que siempre la trataste, por encima de mí, incluso de ti misma, le hizo pensar que podía hacer lo que le viniera en gana sin sufrir consecuencias, me parece que desde el día que comenzaste a llamarla “mi niña” supo, por el tono de tu voz, que era tu favorita en nuestra relación; sabes bien que le toleré muchas faltas, como aquella ocasión en que dejó hecha jirones la mayoría de mis camisas, o cuando destrozó la mitad de mis libros, y tú, en lugar de reprenderla la festejabas, en verdad no sabes como tu comportamiento me hizo daño, me llenó de odio contra ella, pero la toleraba para no perderte, de esto si me arrepiento, de no haber tenido el valor de dejarte antes, ya ves, ahora me quedo solo y también te dejo sola.
Si te sirve de consuelo Rosaura, sabe que no sufrió, nunca supo que la esperaba tras la puerta para golpearla, tal vez sabía que estaba allí (aunque no volteó a verme cuando entró al dormitorio), pero no conocía mis intenciones, y el golpe que arremetí contra ella, bueno, que te puedo decir, fue limpio, certero, no necesite de ningún remate, lo del destripamiento fue después de haberla matado, me cercioré de que ya no estuviera respirando para abrirla en canal; sé que tal vez no ayuda mucho, pero debes reconocer que tuve el cuidado de coserla y limpiarla lo más que pude, para que pudieras recordarla como era, por que, aunque me cueste reconocerlo, debo confesar que era preciosa.
Te estarás preguntando por qué lo hice Rosaura, no fue sin motivo, sabes que no disfruto con el dolor ajeno, y que, aunque hay muchos que no me agradan, no suelo ir por ahí repartiendo palazos en la nuca y destripando gente, pero el que se haya tragado las cenizas de mi padre junto con las joyas que guardaba dentro de la urna, me hizo perder los estribos – es verdad, nunca quise mucho a mi padre, pero sabes que las joyas son todo lo que tengo para iniciar una vida nueva, no podía tolerar que me robara la única oportunidad de continuar cuando te hartaras de mí –, por un instante dejé de pensar, la vi venir hacia la recamara y me resolví llevado por la ira del momento y el odio que sentía por ella; sé que de no haberla visto en el momento no habría hecho nada, pues habría analizado las consecuencias y tu imagen me habría detenido, pero por fortuna no fue así, por fin me libero de esta relación enfermiza, de ti y de tu adorada “niña”… como me hubiera gustado tener el valor de haberme largado antes.
Cuando leas esta carta Rosaura seguramente ya estaré muy lejos, tal vez fuera del país, aún no lo he pensado bien, pero tengo suficiente tiempo para huir. Sé que es demasiada cobardía dejarte una carta en lugar de enfrentar la situación, de presentarme cara a cara, sin embargo, no sería capaz de tolerar tu rechazo, ni tampoco ver cómo dominas mi voluntad impidiéndome huir, esperando a que lleguen las autoridades para obligarme a pagar por mi crimen; no, prefiero que sea así, que no tengas oportunidad de reprocharme nada, o que al menos no esté ahí para escucharlo, y que por lo menos les cueste trabajo encontrarme… quizá ni siquiera se tomen la molestia de buscarme por matar a una minina.
Debo confesarte Rosaura que yo maté a la niña, no lo hice por gusto, aunque sabes bien que nunca me agradó su presencia; a decir verdad, acepté convivir con ella por que me condicionaste a hacerlo o a largarme por mi lado, te confieso que me sentí destrozado, desplazado por la niña, yo había sido tu elección y tú continuabas siendo la mía, pero no te culpo de nada, reconozco que parte de la responsabilidad es mía, tuve miedo de alejarme de tu lado, de comenzar una vida sin ti y quedé atrapado en una relación, si no totalmente insatisfactoria, sí apenas tolerante.
No estoy orgulloso de lo que hice, pero tampoco me arrepiento, tarde o temprano tendría que pasar, y es que la forma en que siempre la trataste, por encima de mí, incluso de ti misma, le hizo pensar que podía hacer lo que le viniera en gana sin sufrir consecuencias, me parece que desde el día que comenzaste a llamarla “mi niña” supo, por el tono de tu voz, que era tu favorita en nuestra relación; sabes bien que le toleré muchas faltas, como aquella ocasión en que dejó hecha jirones la mayoría de mis camisas, o cuando destrozó la mitad de mis libros, y tú, en lugar de reprenderla la festejabas, en verdad no sabes como tu comportamiento me hizo daño, me llenó de odio contra ella, pero la toleraba para no perderte, de esto si me arrepiento, de no haber tenido el valor de dejarte antes, ya ves, ahora me quedo solo y también te dejo sola.
Si te sirve de consuelo Rosaura, sabe que no sufrió, nunca supo que la esperaba tras la puerta para golpearla, tal vez sabía que estaba allí (aunque no volteó a verme cuando entró al dormitorio), pero no conocía mis intenciones, y el golpe que arremetí contra ella, bueno, que te puedo decir, fue limpio, certero, no necesite de ningún remate, lo del destripamiento fue después de haberla matado, me cercioré de que ya no estuviera respirando para abrirla en canal; sé que tal vez no ayuda mucho, pero debes reconocer que tuve el cuidado de coserla y limpiarla lo más que pude, para que pudieras recordarla como era, por que, aunque me cueste reconocerlo, debo confesar que era preciosa.
Te estarás preguntando por qué lo hice Rosaura, no fue sin motivo, sabes que no disfruto con el dolor ajeno, y que, aunque hay muchos que no me agradan, no suelo ir por ahí repartiendo palazos en la nuca y destripando gente, pero el que se haya tragado las cenizas de mi padre junto con las joyas que guardaba dentro de la urna, me hizo perder los estribos – es verdad, nunca quise mucho a mi padre, pero sabes que las joyas son todo lo que tengo para iniciar una vida nueva, no podía tolerar que me robara la única oportunidad de continuar cuando te hartaras de mí –, por un instante dejé de pensar, la vi venir hacia la recamara y me resolví llevado por la ira del momento y el odio que sentía por ella; sé que de no haberla visto en el momento no habría hecho nada, pues habría analizado las consecuencias y tu imagen me habría detenido, pero por fortuna no fue así, por fin me libero de esta relación enfermiza, de ti y de tu adorada “niña”… como me hubiera gustado tener el valor de haberme largado antes.
Cuando leas esta carta Rosaura seguramente ya estaré muy lejos, tal vez fuera del país, aún no lo he pensado bien, pero tengo suficiente tiempo para huir. Sé que es demasiada cobardía dejarte una carta en lugar de enfrentar la situación, de presentarme cara a cara, sin embargo, no sería capaz de tolerar tu rechazo, ni tampoco ver cómo dominas mi voluntad impidiéndome huir, esperando a que lleguen las autoridades para obligarme a pagar por mi crimen; no, prefiero que sea así, que no tengas oportunidad de reprocharme nada, o que al menos no esté ahí para escucharlo, y que por lo menos les cueste trabajo encontrarme… quizá ni siquiera se tomen la molestia de buscarme por matar a una minina.
sábado, 9 de enero de 2010
Un gran día para Otto
Con un gran bostezo despertó, que bien había dormido aquella noche y que calientito se encontraba acurrucado, Otto el labrador se estiró y abrió los ojos, lo primero que vio fue su cara, que alegre y seguro se sentía a su lado, no quería moverse, sin embargo la pancita comenzó a gruñirle y lo obligó a buscar la leche de mamá.
Después del desayuno llegó el momento de jugar, Otto salió de su casa hacia el jardín y ahí, en donde siempre, lo esperaba su juguete preferido, con paso torpe se dirigió hacia él y comenzó a asecharlo, cuando estuvo cerca, le saltó encima y comenzó a morderlo y a agitarlo, el trapo estaba completamente raído, y sin embargo, aún así era su juguete favorito.
Mientras luchaba contra su trapo roto, dando giros y cabezazos contra el suelo, vio pasar a un enorme escarabajo verde, nunca había visto un bicho tan raro y brilloso, comenzó a seguirlo con la mirada, se incorporó y saltó hacia adelante, lo olisqueó un poco y lo aplastó suavemente con su patita, la sensación no le agradó e inmediatamente la retiró, el escarabajo sacudió las alas y continuó su andar, una vez más Otto se le acercó y le gruñó, nuevamente estiró su patita para aplastarlo, pero el bicho al percibir la amenaza extendió sus alas y salió volando por el jardín.
Otto se quedó parado, girando su cabeza de un lado a otro, viendo como el escarabajo desaparecía, cuando por fin lo perdió de vista algo detrás de él llamó su atención, giró lo más rápido que pudo, pero aquello giró a la misma velocidad, además de que iba y venía sin parar, estuvo mucho rato dando vueltas hacia un lado y hacia el otro, hasta que por fin, de un mordizco, pudo sujetar aquel chicote peludo – ¡aurf! – chilló Otto, y se dio cuenta de que aquello que había mordido era su propia cola.
Otto pasó el resto de la tarde husmeando y explorando en el jardín, hasta que una vez más sintió hambre, corrió hasta donde mamá y pidió su leche con agudos chillidos, después de comer tomó una siesta y despertó cuando ya estaba oscureciendo, se quedó recostado viendo la luz que iluminaba el jardín, era una estrella un tanto rara y mas raras aún aquellas cosas que volaban alrededor y chocaban contra el astro, pronto comenzó a inquietarse y repentinamente soltó un ladrido – ¡graff! – se asustó tanto, que pegó un brinco en dirección a su casa, pero antes de iniciar la carrera se percató de que él había producido el sonido, aquello fue su primer ladrido, Otto sintió orgullo y no dejó de ladrarle a los bichos hasta que la estrella se apagó.
Aquel fue un grandioso día de logros para Otto, luchó contra un trapo, asustó a un escarabajo, descubrio su propia cola y aprendido a ladrarle a los gorgojos – ¡que día tan divertido! – pensó, mientras se dirigía a su casa donde mamá lo esperaba, se acomodó entre las patas y la panza de mamá, metió la nariz entre sus patas y se dispuso a soñar con ladridos, gusarapos y luces de colores.
Después del desayuno llegó el momento de jugar, Otto salió de su casa hacia el jardín y ahí, en donde siempre, lo esperaba su juguete preferido, con paso torpe se dirigió hacia él y comenzó a asecharlo, cuando estuvo cerca, le saltó encima y comenzó a morderlo y a agitarlo, el trapo estaba completamente raído, y sin embargo, aún así era su juguete favorito.
Mientras luchaba contra su trapo roto, dando giros y cabezazos contra el suelo, vio pasar a un enorme escarabajo verde, nunca había visto un bicho tan raro y brilloso, comenzó a seguirlo con la mirada, se incorporó y saltó hacia adelante, lo olisqueó un poco y lo aplastó suavemente con su patita, la sensación no le agradó e inmediatamente la retiró, el escarabajo sacudió las alas y continuó su andar, una vez más Otto se le acercó y le gruñó, nuevamente estiró su patita para aplastarlo, pero el bicho al percibir la amenaza extendió sus alas y salió volando por el jardín.
Otto se quedó parado, girando su cabeza de un lado a otro, viendo como el escarabajo desaparecía, cuando por fin lo perdió de vista algo detrás de él llamó su atención, giró lo más rápido que pudo, pero aquello giró a la misma velocidad, además de que iba y venía sin parar, estuvo mucho rato dando vueltas hacia un lado y hacia el otro, hasta que por fin, de un mordizco, pudo sujetar aquel chicote peludo – ¡aurf! – chilló Otto, y se dio cuenta de que aquello que había mordido era su propia cola.
Otto pasó el resto de la tarde husmeando y explorando en el jardín, hasta que una vez más sintió hambre, corrió hasta donde mamá y pidió su leche con agudos chillidos, después de comer tomó una siesta y despertó cuando ya estaba oscureciendo, se quedó recostado viendo la luz que iluminaba el jardín, era una estrella un tanto rara y mas raras aún aquellas cosas que volaban alrededor y chocaban contra el astro, pronto comenzó a inquietarse y repentinamente soltó un ladrido – ¡graff! – se asustó tanto, que pegó un brinco en dirección a su casa, pero antes de iniciar la carrera se percató de que él había producido el sonido, aquello fue su primer ladrido, Otto sintió orgullo y no dejó de ladrarle a los bichos hasta que la estrella se apagó.
Aquel fue un grandioso día de logros para Otto, luchó contra un trapo, asustó a un escarabajo, descubrio su propia cola y aprendido a ladrarle a los gorgojos – ¡que día tan divertido! – pensó, mientras se dirigía a su casa donde mamá lo esperaba, se acomodó entre las patas y la panza de mamá, metió la nariz entre sus patas y se dispuso a soñar con ladridos, gusarapos y luces de colores.
viernes, 8 de enero de 2010
La rana que no quería ser rana
Cocó la rana era todavía un renacuajo cuando decidió que no quería ser una rana, se había cruzado con unos pececitos de colores en el pequeño estanque y había quedado maravillado por la agilidad y gracia con que se movían en el agua, aquellos cuerpos tan esbeltos, forrados de una piel tan coloreada, eran en verdad envidiables, y más si se les comparaba con su transparente y regordete cuerpo. Comenzó a seguirlos e imitarlos, pero aquella enorme cabeza hacía que sus movimientos fueran torpes y pronto lo dejaron rezagado.
Por días trato de imitarlos, por la mañana hacía ejercicio para adelgazar, por las tardes hacía esfuerzos por cambiar el color de su piel y cada que se cruzaba con ellos se apresuraba para alcanzarlos y copiar su forma de ser, sin embargo lo único que lograba era provocar la risa de los pequeños peces. Una tarde, al intentar cambiar el color de su piel, hizo tal esfuerzo que – ¡Pop! –, algo broto cerca de su colita, intentó echar un vistazo, pero no alcanzó a ver nada, después de tanto esfuerzo quedó rendido y se quedó dormido. Al despertar, ya con la luz del día, Cocó pudo ver que un par de piernas comenzaban a salirle cerca de la cola – ¡Oh no! – pensó alarmado el renacuajo – con estas cosas jamás podré convertirme en pez – y se soltó llorando renegando de su par de nuevas patas traseras, y fue tanto su llanto que sintió necesidad de salir a tomar un poco de aire, al sacar la cara lo primero que vio fue una parvada de pájaros que iniciaban juntos su día con un gran paseo, aquello era realmente maravilloso, incluso mejor que el espectáculo de los peces, pues además de gracia y un plumaje hermosos, no había un estanque que los retuviese, fue tal su emoción que Cocó deseo convertirse en pájaro e intentó saltar fuera del agua, lo intentó una y otra vez, pero al final del día cayo rendido por tanto esfuerzo.
Por días trato de salir del agua, sus piernas traseras se fueron fortaleciendo y cada día que pasaba saltaba más y más alto, y con cada salto agitaba su cuerpo de un lado a otro, pronto percibió que comenzaban a salirle unas pequeñas puntas debajo de su cabeza, ¿serían sus nuevas alas?, tal vez, así que entre salto y salto hacía esfuerzos para que brotara su plumaje, hasta que un día – ¡Pop! –, algo terminó por brotar debajo de su cabeza y los pájaros se echaron a reír – ¡Oh no! – no eran alas lo que le habían salido a Cocó, sino otro par de patas – así jamás podré ser pájaro – pensó desilusionado el renacuajo y una vez más se soltó llorando renegando de su nuevo par de patas delanteras, fue tal su decepción que decidió abandonar el estanque, se acercó a la orilla más baja y logró salir ayudado por los pequeños y desiguales saltos que sus nuevas patas le permitían dar, como pudo se escondió entre las hojas de las plantas y las sombras del atardecer. Lloró mucho toda la tarde y cuando por fin abrió los ojos, Cocó quedó maravillado por la luz que emitían las luciérnagas en combinación con los sonidos de la noche, aquello era un espectáculo de luz y sonido impresionante, quedó tan sorprendido por el concierto, que quiso convertirse en luciérnaga, hizo esfuerzos por mucho rato tratando de hacer brillar su colita, pero al final el sueño y el suave canto de la noche lo vencieron.
Durante varias noches Cocó intentó hacer brillar su colita, pero el resultado siempre era el mismo: las risas de las luciérnagas, los chapulines y las chicharras, hasta que una noche, entre tanto esfuerzo – ¡Pop! –, algo sonó en su colita, - ¡Lo logré! – pensó la rana, pero al voltear a ver su brillante luz la ranita se desmayó.
A la mañana siguiente, cuando Cocó la rana se despertó, un par de enormes ojos la estaban mirando y una tremenda papada se acercaba amenazadoramente, de un gran salto Cocó se alejó y cayó en una saliente sobre el estanque, aquellos ojos y aquella papada le pertenecían a un inmenso y viejo sapo, Cocó sintió miedo y trató de acomodarse para dar un nuevo salto, pero se topó con la orilla de la saliente, el único camino era hacia el estanque, volteo hacia abajo y por vez primera vio su reflejo en el agua, se parecía mucho al enorme sapo, dirigió su vista hacia él y comenzó a llorar, pensando en que algún día se convertiría en aquello.
–Croac –dijo el sapo con grave y solemne voz, aunque en realidad quería saber por qué Cocó estaba llorando.
–Bribit, brebit –Cocó le contó su historia mientras escuchaba por vez primera su voz, habló de cómo al esforzarse por ser un pez le habían salido patas traseras, de cómo al tratar de convertirse en pájaro le habían salido patas delanteras y cómo al intentar transformarse en luciérnaga se la había caído la cola, y ahora en castigo, al parecer, se estaba convirtiendo en sapo.
–Croac croac –volvió a decir el viejo sapo, aunque en realidad quería decir que aunque a veces uno se convierte en lo que no desea ser, dudaba mucho que ella se convirtiera algún día en sapo, pero que, sin embargo, tal vez él podía ayudarla con su problema.
–Croac –dijo una vez más el enorme sapo, aunque esta ocasión el sapo no quería decir nada, sino únicamente croar, así que Cocó siguió esperando la solución del sapo.
–Croac – se escuchó por última vez en todo el estanque, antes de ser alguien más, debes primero ser una rana y después lograrás transformarte en lo que quieras, sentenció el viejo, y de un gran y pesado salto, el enorme sapo desapareció entre las plantas.
Cocó se quedó allí con los ojos como platos, ¿Qué quería decir el viejo sapo con que primero tenía que ser rana? ¿Pues qué no era ya una rana? Cocó se quedó mirando a sus parientes en el estanque y vio cómo saltaban de un lado a otro, aquello parecía divertido, escuchó como cantaban, realmente se la estaban pasando bien, se volvió a asomar hacia el estanque para observar su reflejo, el color de su piel era grandioso, tenía un verde esmeralda con vivos color negro y sus ojos ahora combinaban con su cabeza y su cuerpo, al verse pensó que tal vez podría soportar ser una rana por un tiempo, así que dio un salto hacia el estanque y por primera vez en mucho tiempo disfruto el contacto del agua con su piel, comenzó a nadar con sus cuatro patas y se dio cuenta que lo hacía con tanta gracia y rapidez como los peces, ahora su cuerpo estirado era esbelto, salió del agua y se puso a brincar con sus hermanos, esto era realmente divertido, cada salto le parecía un verdadero vuelo, aquello era emocionante, y todos saltando de un lado a otro era un gran espectáculo, entre saltos y nados se pasó el día muy deprisa, así que no se dio cuenta que la noche estaba cayendo hasta que las demás ranas comenzaron a salir del agua y a quedarse quietas, Cocó salió del agua, saltó hacia una gran hoja y esperó… Ribip… Croac… cri cri… shiqui-shiqui-shiqui… comenzó el concierto, de pronto sin darse cuenta comenzó a cantar y por primera vez formó parte del maravilloso espectáculo nocturno – cuanta razón tenía el viejo sapo – pensó Cocó – solo tenía que ser una rana para nadar como pez, volar como pájaro y brillar como luciérnaga en la noche – y con este pensamiento Cocó deseó ser una rana para siempre.
Por días trato de imitarlos, por la mañana hacía ejercicio para adelgazar, por las tardes hacía esfuerzos por cambiar el color de su piel y cada que se cruzaba con ellos se apresuraba para alcanzarlos y copiar su forma de ser, sin embargo lo único que lograba era provocar la risa de los pequeños peces. Una tarde, al intentar cambiar el color de su piel, hizo tal esfuerzo que – ¡Pop! –, algo broto cerca de su colita, intentó echar un vistazo, pero no alcanzó a ver nada, después de tanto esfuerzo quedó rendido y se quedó dormido. Al despertar, ya con la luz del día, Cocó pudo ver que un par de piernas comenzaban a salirle cerca de la cola – ¡Oh no! – pensó alarmado el renacuajo – con estas cosas jamás podré convertirme en pez – y se soltó llorando renegando de su par de nuevas patas traseras, y fue tanto su llanto que sintió necesidad de salir a tomar un poco de aire, al sacar la cara lo primero que vio fue una parvada de pájaros que iniciaban juntos su día con un gran paseo, aquello era realmente maravilloso, incluso mejor que el espectáculo de los peces, pues además de gracia y un plumaje hermosos, no había un estanque que los retuviese, fue tal su emoción que Cocó deseo convertirse en pájaro e intentó saltar fuera del agua, lo intentó una y otra vez, pero al final del día cayo rendido por tanto esfuerzo.
Por días trato de salir del agua, sus piernas traseras se fueron fortaleciendo y cada día que pasaba saltaba más y más alto, y con cada salto agitaba su cuerpo de un lado a otro, pronto percibió que comenzaban a salirle unas pequeñas puntas debajo de su cabeza, ¿serían sus nuevas alas?, tal vez, así que entre salto y salto hacía esfuerzos para que brotara su plumaje, hasta que un día – ¡Pop! –, algo terminó por brotar debajo de su cabeza y los pájaros se echaron a reír – ¡Oh no! – no eran alas lo que le habían salido a Cocó, sino otro par de patas – así jamás podré ser pájaro – pensó desilusionado el renacuajo y una vez más se soltó llorando renegando de su nuevo par de patas delanteras, fue tal su decepción que decidió abandonar el estanque, se acercó a la orilla más baja y logró salir ayudado por los pequeños y desiguales saltos que sus nuevas patas le permitían dar, como pudo se escondió entre las hojas de las plantas y las sombras del atardecer. Lloró mucho toda la tarde y cuando por fin abrió los ojos, Cocó quedó maravillado por la luz que emitían las luciérnagas en combinación con los sonidos de la noche, aquello era un espectáculo de luz y sonido impresionante, quedó tan sorprendido por el concierto, que quiso convertirse en luciérnaga, hizo esfuerzos por mucho rato tratando de hacer brillar su colita, pero al final el sueño y el suave canto de la noche lo vencieron.
Durante varias noches Cocó intentó hacer brillar su colita, pero el resultado siempre era el mismo: las risas de las luciérnagas, los chapulines y las chicharras, hasta que una noche, entre tanto esfuerzo – ¡Pop! –, algo sonó en su colita, - ¡Lo logré! – pensó la rana, pero al voltear a ver su brillante luz la ranita se desmayó.
A la mañana siguiente, cuando Cocó la rana se despertó, un par de enormes ojos la estaban mirando y una tremenda papada se acercaba amenazadoramente, de un gran salto Cocó se alejó y cayó en una saliente sobre el estanque, aquellos ojos y aquella papada le pertenecían a un inmenso y viejo sapo, Cocó sintió miedo y trató de acomodarse para dar un nuevo salto, pero se topó con la orilla de la saliente, el único camino era hacia el estanque, volteo hacia abajo y por vez primera vio su reflejo en el agua, se parecía mucho al enorme sapo, dirigió su vista hacia él y comenzó a llorar, pensando en que algún día se convertiría en aquello.
–Croac –dijo el sapo con grave y solemne voz, aunque en realidad quería saber por qué Cocó estaba llorando.
–Bribit, brebit –Cocó le contó su historia mientras escuchaba por vez primera su voz, habló de cómo al esforzarse por ser un pez le habían salido patas traseras, de cómo al tratar de convertirse en pájaro le habían salido patas delanteras y cómo al intentar transformarse en luciérnaga se la había caído la cola, y ahora en castigo, al parecer, se estaba convirtiendo en sapo.
–Croac croac –volvió a decir el viejo sapo, aunque en realidad quería decir que aunque a veces uno se convierte en lo que no desea ser, dudaba mucho que ella se convirtiera algún día en sapo, pero que, sin embargo, tal vez él podía ayudarla con su problema.
–Croac –dijo una vez más el enorme sapo, aunque esta ocasión el sapo no quería decir nada, sino únicamente croar, así que Cocó siguió esperando la solución del sapo.
–Croac – se escuchó por última vez en todo el estanque, antes de ser alguien más, debes primero ser una rana y después lograrás transformarte en lo que quieras, sentenció el viejo, y de un gran y pesado salto, el enorme sapo desapareció entre las plantas.
Cocó se quedó allí con los ojos como platos, ¿Qué quería decir el viejo sapo con que primero tenía que ser rana? ¿Pues qué no era ya una rana? Cocó se quedó mirando a sus parientes en el estanque y vio cómo saltaban de un lado a otro, aquello parecía divertido, escuchó como cantaban, realmente se la estaban pasando bien, se volvió a asomar hacia el estanque para observar su reflejo, el color de su piel era grandioso, tenía un verde esmeralda con vivos color negro y sus ojos ahora combinaban con su cabeza y su cuerpo, al verse pensó que tal vez podría soportar ser una rana por un tiempo, así que dio un salto hacia el estanque y por primera vez en mucho tiempo disfruto el contacto del agua con su piel, comenzó a nadar con sus cuatro patas y se dio cuenta que lo hacía con tanta gracia y rapidez como los peces, ahora su cuerpo estirado era esbelto, salió del agua y se puso a brincar con sus hermanos, esto era realmente divertido, cada salto le parecía un verdadero vuelo, aquello era emocionante, y todos saltando de un lado a otro era un gran espectáculo, entre saltos y nados se pasó el día muy deprisa, así que no se dio cuenta que la noche estaba cayendo hasta que las demás ranas comenzaron a salir del agua y a quedarse quietas, Cocó salió del agua, saltó hacia una gran hoja y esperó… Ribip… Croac… cri cri… shiqui-shiqui-shiqui… comenzó el concierto, de pronto sin darse cuenta comenzó a cantar y por primera vez formó parte del maravilloso espectáculo nocturno – cuanta razón tenía el viejo sapo – pensó Cocó – solo tenía que ser una rana para nadar como pez, volar como pájaro y brillar como luciérnaga en la noche – y con este pensamiento Cocó deseó ser una rana para siempre.
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