martes, 11 de mayo de 2010

¿Qué tal una jetita?

Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivió una joven princesa de inmaculada belleza, tenía un rostro verdaderamente angelical y un cuerpo de ensueño, delgado y escultural, era tal su hermosura que en el reino se la conocía como “bella”, pero bien le pudieron haber llamado “sabrosa” y hubiese sido igualmente acertado, sin embargo, algo había que se interponía entre ella y la perfección: su arrebato, tanto la mimaron en su vida, que terminaron por descomponerla y así fue como sucedió que, el día en que la bella niña cumplió sus quince primaveras, se pinchó un dedo con la aguja de una rueca y dio comienzo el padre de los berrinches; gritos y llanto salieron de su contorsionado cuerpo, pataletas y mas pataletas interpretó la escuincla hasta hartarse y por último se encerró en la torre más alta, el desgaste de energía fue abundante y generoso, pero sobre todo fatigoso, tanto, que la niña se quedó dormida y no volvió a despertar.
Pasaron los años y como siempre la historia se convirtió en mito y el mito en leyenda, y esta llegó a los oídos de un apuesto y valiente príncipe; por aquellos días se cumplían ya cien años de modorra y él, motivado por la descripción de su belleza y sensualidad, decidió ir a despertarla con un beso y, por qué no, alguna que otra caricia. Ordenó a su lacayo preparase el viaje y a la mañana siguiente, montando sus caballos, partieron. Cabalgaron durante 3 días con sus noches hasta llegar al reino de la bella y al acercarse al casillo notaron que estaba vació, abandonado, ni sirviente ni amo encontraron a la vista, una gran cantidad de hiedra y espinos rodeaban las murallas. A punta de espada se abrieron paso hasta lo que algún día fueron los jardines reales y comenzaron a buscar el camino a la torre más alta, al pie de las escalera se quedó parado el príncipe y un escalofrío inundó su cuerpo, iniciaron el ascenso y con cada paso su corazón se aceleraba, con los sentimientos a flor de piel se detuvo frente a la puerta de la gloriosa habitación y la empujó.
Lo que encontró tras abrir aquella puerta fue impresionante, una tenue luz de atardecer cruzaba la habitación desde la ventana hasta la cama, colores terracota se atropellaban al entrar por sus pupilas, olores añejos, madera, papel, fibras, un ambiente denso, cargado, flotaba en el dormitorio, las ropas de cama, completamente raídas, volaban con la brisa, aquello parecía una morada de fantasmas, las de la princesa no tenían mejor suerte y dejaban ver gran parte de su cuerpo; con los ojos desorbitados la observaba sin aliento el príncipe, ella lo miró y a él se le salió el corazón del pecho, la belleza, la tersura de la piel y las deliciosas curvas ya no habitaban su cuerpo, en su lugar arrugas, yagas, cueros colgados y sequedad habían prosperado, agonizante, la arcaica princesa profirió su último suspiro y así murió la mujer por la que nació la leyenda de “la vieja huevona esa.”

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