La urraca se encuentra en la rama de siempre, la que le da esos frutos semidulces, semiamargos, que la idiotizan toda; si me fijo bien descubro que no es fea, es esbelta y tiene tonalidades azules a contra luz, pero su graznido lastima y todo el día grazna.
Siempre posada en la misma rama, sin importar si llueve a cantaros o granizan verdaderas piedras, o si hace un aire endemoniado, la urraca grazna lastimeramente, e invariablemente siempre en la misma rama se balancea, y entre más la rama se agita, más la urraca se aferra a ella, como si en ello le fuera la vida.
La rama la mal cobija y la mal alimenta, pero a tal grado la idiotiza, que a pesar de hacerle daño, la urraca solo en ella confía; y no se da cuenta que hasta con simples vaivenes cruje la rama, pues en su base enormes grietas se abren y comienza ya la madera a pudrirse, rayos de luz penetran entre sus negras fibras, y a pesar de que el pájaro lo ve, está convencido de que la rama es eterna; yo me doy cuenta que cada día se encuentra más vencido el tronco, pero no soy yo quien en él se posa, es la urraca que todo el día grazna, y hasta me parece que con cada espantoso canto, más debilita su base.
Por fin cae la rama y tan aferrada está la urraca, que con todo y ella se precipita al suelo, caen muy mal, el peso del ave voltea el tronco y le cae encima, rotas las piernas y las alas, y con el pico torcido, lo que más le duele a la pajarraco es el corazón de haber visto caer a su ídolo; tanto confió en él, que no pudo ver que se estaba pudriendo, por tanto tiempo se aferró a él que no pudo soltarse cuando cayó.
La urraca ha vuelto a volar con trabajos y nuevamente sobre una rama del árbol de la conversión se ha vuelto a posar, y entre graznido y graznido el ave se alimenta de frutos que la idiotizan.
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