lunes, 30 de junio de 2003

La fiesta del beso

El mismo instante en que desperté se me vinieron a mi mente todos los recuerdos juntos, a tal velocidad que no tuve tiempo de asimilarlos, después de eso quedé bloqueado; en un principio me costó mucho trabajo concentrarme, pero poco a poco fueron regresando a mi mente algunos sucesos, sin embargo aún no logro distinguir la realidad de la fantasía.
Todo comenzó el Viernes, día en que por fin me animé a ir a aquella montaña, dueña de los anhelos de quien la ve, majestuosa, con sus tres cimas simulando el vuelo de un águila y un valle descansando a los pies de estas, siempre tranquilo, dando paz a quien lo mira, alimentando sus sueños; a decir verdad creo que tardé mucho tiempo en tomar la decisión de visitarla. Salí pues aquel día con el firme propósito de profanar con mis plantas su suelo, si bien no conocía su nombre y menos el camino, si me había percatado de que el rumbo que debía tomar era el de San Miguel C. sin embargo nunca había llegado mas allá de este pueblo, así que en cuanto arribé me di a la tarea de solicitarle a la gente que encontraba en la plaza indicaciones para lograr mi propósito. La mayoría de la gente no tenia la menor idea de cómo llegar, otros ni siquiera se habían dado cuenta de su existencia, aquellos que tenían cierta noción me daban indicaciones diferentes y entre ellas se contradecían, la única persona que pasó por la plaza y que ya había estado en la montaña era un anciano de aproximadamente 80 años de edad que nunca supo explicarme como llegar, así que hice un balance de las señas que me habían dado y con la ayuda del sentido común tracé un plano en mi mente y decidí partir… pero esto tendría que ser hasta el próximo día, ya que me había tomado toda la tarde averiguar que caminos recorrer y no quería viajar de noche, y menos no conociendo el rumbo.
A una calle de la plaza encontré una posada en donde atendía un jovencito con los pelos parados que para todo pronunciaba la letra “z” y en ocasiones la “sh”, el fue quien me asignó uno de los tres cuartos con que contaba la posada; el cuarto era de lo mas sencillo, una cama matrimonial, un buró, una silla y, en un pequeño espacio, un tubo que pretendía ser un closet, lo único que vale la pena destacar del cuarto es que se iluminaba por un solo foco colocado en medio del techo de la habitación, jamás me había hospedado en un hotel que tuviera tan buena iluminación en sus habitaciones, por lo general los cuartos de los hoteles están llenos de lámparas que ni aún prendiéndolas todas juntas logran iluminarlos perfectamente; el baño era otra cosa, este se encontraba al final del pasillo que comunicaba a las tres recamaras, se veía que hacia mucho tiempo que nadie se bañaba en el, esto lo deduje por que la regadera estaba llena de cajas completamente cubiertas de polvo, telarañas e insectos muertos, sin embargo no olía mal y el lavabo estaba limpio. Eran las diez de la noche cuando por fin después de asearme los dientes y vestirme para dormir entré en la cama.
A la mañana siguiente después de dormir perfectamente, recogí todas mis cosas y me dirigí al mostrador, di un par de golpes en la tabla y apareció detrás de una cortina una muchachita delgada, bien formada y coquetona que tenia una vocecita apenas perceptible, decidí cotorrear con ella en lo que le pagaba el hospedaje de la noche anterior, cada que la hacia contrariar se dibujaba en su boca una sonrisa que, si no fuera por el colmillo que se asomaba por encima de todos los demás dientes, podría ser perfecta, terminando de pagar aproveche para preguntarle por el camino a la montaña y su respuesta fue la siguiente: “sale del pueblo y agarra hacia allá” y con su mano derecha señaló hacia el Este, eso no me ayudaba mucho, así que tomé mi cambio y salí de la posada, el día era perfecto, una brisa suave y fría refrescaba la mañana, había una luz tan clara que permitía ver con precisión todos los colores del pueblo, voltee y vi mi auto enfrente de una miscelánea que estaba calle arriba, como a tres casas de la posada, antes de subir entré en la tiendita para surtirme de un nutritivo desayuno a base de jugos y pastelitos, al salir pude ver que la muchachita estaba sentada fuera de la posada, subí a mi auto, revisé el mapa mental que había diseñado la tarde anterior y arranque el coche, al pasar por la posada voltee a ver a la niña, esta al saberse observada posó su mirada en mi, inclinó la cabeza y dibujó una sonrisa que no me dejó más remedio que entregarle la mejor de las mías, después de esto emprendí el viaje.
Salí del pueblo a eso de las 10:00 a.m., viré hacia la derecha y ahí estaba la montaña, se veía preciosa, pero aun lejana, debía de estar a unos 50 Km. de distancia cuando mucho, sin embargo no conocía el camino, y aunque en Hidalgo los caminos no son muy enredados, pocos son los pueblos que se comunican entre si. Durante toda la mañana entré y salí de pueblitos en los que la entrada era la única salida, regresé en mas de 10 ocasiones a diferentes entronques, por momentos perdía de vista la montaña y quedaba completamente desubicado, cada que veía a una persona me paraba a preguntar si había tomado la dirección correcta, le pregunte a campesinos, ciclistas, abarroteros, ancianos, niños, señoritas, jóvenes, personas con oficios desconocidos y hasta a taxistas, sin embargo no hubo nadie que lograra indicarme la ruta correcta, en ese momento me acordé de aquel anciano de San Miguel y entendí por que no pudo explicarme como llegar a la montaña, aun hoy yo no podría explicarle a nadie como es que llegué; después de 4 horas de estar dando tumbos por todos los pueblos decidí regresarme a mi casa, así que di la vuelta en el último pueblito y al entroncar con el camino principal encontré un letrero que decía “LA MONTAÑA” y una flecha indicaba la ruta a seguir, los ojos se me iluminaron, el corazón me saltaba de alegría, me comenzaron a sudar las manos, la pierna izquierda resbaló del pedal del clutch y después de un jalón se apagó el coche, no se si fue por la emoción, por el jalón, o por ambas cosas, que escurrieron dos lagrimas por mis mejillas, las limpie con la muñeca y sorbí con la nariz los mocos que el frió de la mañana me había aflojado, sentía la necesidad de bajarme del auto, tenía las nalgas calientes y todas magulladas por el golpeteo con el empedrado, pero volví a arrancar el automóvil. Desde ese punto no se alcanzaba a ver la montaña, sin embargo sentía la necesidad de creer el lo que el letrero decía, al cabo de 5 minutos de camino, al subir una lomita, apareció nuevamente la montaña, jamás la había visto tan cerca, se veía majestuosa, logré ver que el camino se dirigía directamente al valle que placenteramente descansa en las faldas de las tres cimas, se percibía esplendoroso, ya era imposible que hubiera alguien que no supiera como llegar, o por lo menos que no se hubiera percatado de su existencia, de ahí en adelante ya no se me presentó ningún problema para llegar a mi destino.
Eran las dos y media de la tarde cuando arribé al valle, se percibía un pequeño pueblo a un costado de este, me orillé y bajé del coche aun prendido, miré a mi alrededor para ver si no era observado, no se veía nadie, ni autos que vinieran por la carretera, caminé hacia la cajuela, le di la vuelta al vehículo hasta quedar en frente de la llanta trasera del lado del copiloto y comencé a orinar, ya no aguantaba las ganas, además de que no tenía la menor idea de cuanto tiempo tardaría en encontrar un baño; mientras orinaba me deleité con el paisaje, era impresionante, mas bello de lo que creí, las tres cimas envolvían al valle, este tenía forma de diamante, la parte superior se formaba por los limites del valle y la pared central de la montaña, dueña de la cima mas alta; las otras dos cimas pertenecía a las paredes laterales, estas ayudaban a formar los cuatro lados restantes, e iban perdiendo altura mientas llegaban al vértice inferior, punto por el cual entraba el camino al valle, debajo de la cima del lado izquierdo se encontraba ubicado el pueblo, sobresalían las torres de la iglesia, parecía que el tiempo no había pasado por él desde su fundación, se antojaba entrar a conocerlo; el aire fresco traído por una deliciosa brisa aumentaba mi emoción, termine de orinar con un pequeño escalofrió y volví a subir al auto, en cinco minutos ya me encontraba en la entrada del pueblo, no recuerdo su nombre, es mas no creo haber visto su nombre en ningún letrero y tampoco se me ocurrió preguntar por el, estacioné mi coche lo mas cercano a la iglesia principal y baje de el, ya necesitaba estirar mis piernas y todo el cuerpo, las posaderas no soportarían ni un minuto más el empedrado, necesitaba refrescarlas, así que me puse a caminar, siempre mirando la montaña que se veía como novia en el atrio, mas bella que nunca, llegue a la puerta de la iglesia y la crucé, el ambiente estaba fresco, delicioso, me dirigí hacia el altar por el pasillo central, después de dar unos pasos vi en la pared de mi lado izquierdo una pila con agua bendita, me arrodillé inclinando mi cabeza y desvié mi camino, me acerque a la pila y metí completamente la mano derecha en el agua bendita, me persigné con los dedos mojados y con la palma húmeda me refresqué la nuca y la frente, tenia ganas de quedarme acostado en el suelo, seguramente estaría tan freso como las paredes y el agua bendita, me senté un momento y sentí hambre, solo traía un jugo y un par de pastelitos en la panza, me levanté y me dirigí hacia la salida, al salir lo primero que vi fue una manta que se encontraba en medio de la placita que decía en letras grandes “FIESTA DEL BESO”, seguramente venía también grabado el nombre del pueblo, pero no le puse atención, lo único que se me quedó grabado fue el nombre de la fiesta, y el símbolo de la cerveza Corona a ambos lados del anuncio, ¿como seria aquella fiesta?; sabía que existían este tipo de fiestas en las que se regalan rosas, nueces, o al igual que en esta, besos, pero no tenia la menor idea de la mecánica de estas, me quede un buen rato ahí parado, hasta que las tripas me sonaron y recordé que tenia hambre. Comencé a buscar con la mirada algún lugar para comer, a un costado de la plaza había un pequeño mercado, pensé que seguramente ahí encontraría que comer, no me equivoqué, al acercarme identifiqué un puesto de sopes y quesadillas, me senté en un banquito y pedí seguramente unas quesadillas, no recuerdo a ciencia cierta lo que comí, solo se que me puse a platicar con la señora que estaba preparando los alimentos mientras me tomaba una cerveza, sin dejar de mirar la montaña le comenté que quería subir a la cima mas alta y me dijo que no era buen momento para subir, ya que para cuando terminara de comer sería demasiado tarde para comenzar el asenso, según sus cálculos me tomaría por lo menos tres horas subir, voltee a ver mi reloj y ya eran las tres de la tarde, si terminaba de comer en una hora saldría a las cuatro y llegaría hasta la cima a eso de las siete de la noche, para entonces ya no habría luz y tendría que regresar a oscuras, eso según ella era muy peligroso, ya que por las noches salían los coyotes y muchos otros animales, entre ellos víboras, además de que me perdería de la fiesta del beso que esa noche se celebraba.
Según la señora todo comenzaba con la entrega de rosas, en donde los hombres del pueblo al punto de las 6 de la tarde, después de haber sonado las campanas de la iglesia, buscaban entre las calles del pueblo a las muchachas que mas les gustaran y les entregaban una rosa, esta búsqueda terminaba a las 9:00 p.m., momento en que sonaban las campanas de la iglesia y se anunciaba la fiesta del beso, a partir de ese momento ninguna rosa podía ser entregada y todos los hombres tenían que dirigirse hacia la plaza principal, entonces las chicas escogían con un beso en la mejilla al muchacho con quien quisieran irse al baile, o a la feria, o por ahí, estas últimas palabras me las dijo entre risitas, toda chiveada, con su cara completamente colorada.
Terminé de comer completamente concentrado en la platica de la señora, miré mi reloj y ya eran las cuatro y media de la tarde, la señora tenia razón ya era muy tarde para iniciar mi travesía, nuevamente la Montaña tenia que esperar un día mas, por otro lado me había interesado mucho aquel evento, me llamaba la atención saber como eran esas fiestas, y siendo sincero me agradaba la idea de pasar la noche con una chica que jamás había visto en mi vida, así que le pregunté a la señora acerca de algún hotel y esta se volvió a reír, pero ya no de vergüenza, sino de mi pregunta, me dijo que a lo mas que llegaban era a una casa que rentaba cuartos por noche, que si bien no era un “pen jaus”, por lo menos estaba limpio y tenia buenos catres, además de que contaba con baño y regadera. Pagué pues lo que consumí y me dirigí a la dirección que me dio la marchanta, ahí me atendió otra señora que seguramente era pariente de la del mercado, me condujo a mi cuarto y los ojos se me iluminaron al ver que el cuarto tenia su propio baño y que la regadera estaba limpia, me mostró rápidamente el cuarto (en si no había mucho que mostrar) y salió, cerré la puerta y me senté en la cama, dirigí la mirada a través de la única ventana que tenia el cuarto, solo se veían casas, deje caer mi cuerpo hacia atrás y quede recostado, cerré los ojos y por un momento desee no haber llegado aquel día, estaba demasiado agotado para ir de fiesta, sin embargo no quería perderme esta oportunidad, si tan solo no hubiera llegado ese día no tendría que luchar contra mi cansancio, reuní todas las fuerzas que me quedaban y logré levantarme, apenas tenia tiempo de darme un baño, arreglarme e ir a conseguir mis flores.
Eran las seis de la tarde cuando salí a la calle, en ese instante comenzaron a sonar las campanas de la iglesia, ya solo se veía la silueta de la montaña, aun así era espectacular, en ese momento pasó frente a mi un joven, lo detuve con un “oye disculpa” y le pregunté por algún puesto de rosas, me dio indicaciones y comencé a caminar con paso rápido entre las calles del pueblo, fácilmente di con el puesto de las flores, ahí pedí cinco rosas y junto con ellas me entregaron cinco listoncitos, me indicaron que escribiera mi nombre en los listones y los amarrara a las rosas, como no traía pluma en ese momento le pedí una prestada al florista que me atendió y mientras me cobraba las flores me puse a escribir mi nombre en los listones, salí de la florería y comencé a caminar, decidí observar antes de entregar mis rosas, de todas formas no conocía a nadie y no quería hacer el ridículo al entregar las flores. Caminando entre los callejones pude observar como las muchachas se escondían de aquellos chicos de quienes no querían recibir ninguna flor, pasaron frente a mí grupitos de muchachos que, vociferando su próxima hazaña con la afortunada, rompían en carcajadas, también pasaron grupitos de chicas que volteando a ver a los hombres (incluyéndome a mi) cuchicheaban entre si y soltaban risitas nerviosas, encontré incluso parejas que adelantándose al ritual ya se habían entregado a los apapachos. En ese momento me sentí cohibido, no conocía a nadie, iba solo y no tenia con quien vociferar y soltar carcajadas, ni había chica por la cual estuviera esperando con ansias esta fiesta, sin embargo me quedaba el consuelo de que al menos nadie se escondía de mi, así que animado por esta última razón, decidí entregar mis rosas a las chicas mas bonitas, que si bien no eran muchas, nunca faltan en los pueblitos.
Seguí mi camino por los callejoncitos cercanos al centro, los varones iban y venían más a prisa que las damas, de vez en cuando alguno se detenía a preguntarle a un conocido por alguna muchachita y después de recibir indicaciones salían corriendo en búsqueda de su siguiente victima, en ocasiones veía alguna cara bonita y sentía ganas de entregar una de mis rosas, pero me detenía la vergüenza, no sabia como hacerlo ni que decir, me detuve por un momento a pensar por que sentía esa vergüenza, traté de convencerme pensando que al final nadie me conocía y lo mas seguro era que jamás volvería a ver a las chamacas que intentara seducir, que nada perdía con entregar flores, sin embargo la vergüenza no se fue, así que recurrí a recurso de picarme la cresta diciéndome: “no seas puto y aviéntate”, esto tuvo mayor efectividad que el lavado de cerebro y logré colocar mi primera flor; se la ofrecí a una niña a quien ya le había echado el ojo desde hacía rato y ella la acepto con una sonrisa, me dieron cosquillas en la panza y sentí como me subía la temperatura de la cara, así que, para no avergonzarme enfrente de ella, me voltee y reinicié mi recorrido por las calles; poco a poco regresó mi seguridad y la alegría con esta, en ese momento comencé a disfrutar la fiesta. Apuré mi paso pues ya solamente me quedaban dos horas para entregar las cuatro rosas restantes, anduve de arriba para abajo, no creí que me fuera a costar tanto trabajo encontrar a las bonitas del pueblo, al final se me ocurrió buscar grupitos de chamacas, y es que en cada grupo de niñas se encuentra una bonita que se apoya en las demás para realzar su belleza y contribuye al grupo atrayendo a los galanes, así fue como coloque tres rosas más, ya solo me quedaba una flor y ya estaban a punto de sonar las campanas, entonces pensé que sería mejor pasar la noche con alguna muchachita “mas o menos” que con nadie, después de todo había entregado las otras cuatro rosas a chamaquitas que ya llevaban su buen ramo, observé a mi alrededor y fijé la mirada en una chica que solo llevaba una rosa en la mano, caminé hacia ella y al momento de estirar la mano para ofrecer mi última petición vi salir de un portón de madera a una mujer hermosa, tenía un aire conocido, la seguí con la mirada, al terminar de cruzar la calle y antes de meterse en un callejón me volteó a ver con una mirada que partió en dos mi corazón, sus ojos brillaban como el sol de esa misma mañana, lo había capturado para mostrarlo de noche, era la montaña vestida de mujer, ya no había nadie mas con quien quisiera pasar la noche, ahora tenía motivo para esperar todo un año esta feria, después de un segundo se dibujó en su rostro una sonrisa que terminó por partirme las demás vísceras, era la mujer de la posada de San Miguel, había dejado de ser la muchachita para convertirse en la belleza, no se veía así de hermosa cuando me atendió, aquella sonrisa ya no tenia defectos, encajaba perfectamente en tan singular hermosura, en ese momento intenté recoger mi brazo para no entregar la rosa, pero era demasiado tarde, ya la rosa había sido tomada, sin soltar la rosa fijé mi mirada en la muchachita y con la expresión de mis ojos le dije que no era ella con quien quería pasar la velada, busque con la mirada a la bella, ya no estaba allí, volví la cara hacia la niña y solté la rosa, en ese momento comenzaron las campanadas de las nueve de la noche y junto con ellas se oyó un grito que decía: “Fiesta del Beso”.
Salí corriendo en búsqueda de la belleza, entré en el mismo callejón en el que se había esfumado, con suerte me esfumaría igual que ella y podría alcanzarla, no fue así, el callejón terminó y me encontré con una encrucijada, me metí en varios callejones hasta que al final quedé frente a la plaza, había muchísima gente, las calles que rodean la plaza estaban cubiertas de puestos, era imposible encontrar a alguien en aquel tumulto, aun así me metí entre los changarros, crucé la plaza, me asomé a los comercios que seguían abiertos, pero todo fue inútil, mi corazón latía mas de emoción que de cansancio, pero ni la emoción ni el esfuerzo habían sido suficientes para dar con ella. Me dirigí hacia la rueda para formar parte de ella, tal vez ahí podría encontrarla, me integré a la fila de los hombres y comencé a caminar al igual que los demás en el sentido de las manecillas del reloj, todos a un coro gritaban “…beso, beso, beso…”, ellas comenzaron a formar su circulo alrededor del nuestro caminando en sentido contrario, me estiré desde los dedos de los pies hasta las cejas, caminé de puntitas hasta que no pude más, y ni aún así logré encontrarla, realmente se había esfumado, tal ves todo había sido una ilusión, o había regresado a su cuento de hadas. Seguí caminando, metí las manos en los bolsillos y dejé caer la cabeza, respiré profundamente y traté de razonar la situación, no valía la pena pasar la noche cabizbajo y desanimado por alguien con quien apenas había cruzado unas cuantas palabras esa mañana, además de que no estaba completamente seguro de lo que había visto, escruté mi propia mente y reconocí el capricho en mi desánimo, levante nuevamente la cara y sonreí, estaba dispuesto a desencapricharme y a disfrutar la fiesta. Ya con las dos circunferencias bien formadas dimos una vuelta entera antes de que comenzara la selección, esta vuelta sirvió para reconocernos; algunas chicas, al pasar frente a su futuro elegido, le hacían una pequeña seña, un guiño, una sonrisa, o un leve saludo con la mano, avisándole que él sería el afortunado; al termino de esta primera vuelta se oyó un grito que decía: “Elección de Rosas”, y comenzó la selección.
Las mujeres al identificar a su futuro acompañante y antes de cruzarse con el, salían de la fila y fijaban sus ojos en el afortunado y llevándose un dedo a su propia mejilla les indicaban a los varones que pusieran la suya para recibir el beso que les daría el derecho de pasar la noche con ella, después de recibir el beso los dos saliendo de las filas se dirigían a disfrutar de la noche yendo al baile, a la feria, o por ahí.
En la primera vuelta vi salir a mi primer elección, en ese momento sentí un poco de desilusión, realmente era bonita esa chica, además de que daba la apariencia de ser sencilla y agradable, pasaron dos vueltas más sin que nada sucediera, empecé a perderle sentido a la fiesta, comenzó a aburrirme el dar vueltas alrededor de una plaza, los huecos de la fila crecían a cada momento y las esperanzas de ser escogido me abandonaban, ya no ubicaba a ninguna de mis elecciones, en si, fuera de la primera y de la última chica, no recordaba a las otras tres. Estaba a punto de salirme de la fila cuando en ese momento me encontré de frente con mi última elección, me estaba viendo fijamente, el corazón se me aceleró, me alegré de haber tenido tan buena idea, me empezaron a sudar las manos y por instinto las tallé en el pantalón para secarlas, al ver ella mi reacción salió de la fila y extendió su mano indicándome que me detuviera, salí de la fila y quedamos uno frente al otro, yo esperando alguna señal para mostrar mi mejilla y recibir mi beso, y ella solamente mirándome, al ver que no hacia otra cosa que mirarme, gire la cara y le mostré la mejilla izquierda, en ese momento me lanzó una mirada de enojo, tomando aire por la nariz cerró los ojos, alzó la cara, la volteó hacia su derecha y dejó caer la rosa que le había entregado, salió de las filas y estirando la mano tomó la de su acompañante y desaparecieron entre la gente; acababa de ser despreciado, se había percatado de lo sucedido en la entrega de la rosa, en ese momento me despedí de toda esperanza de salir con chica alguna de aquellas filas, sin embargo y por raro que parezca esto me alegró, tal vez pasaría la noche solo, pero ese desdén significaba que no había sido ninguna ilusión lo que vi en el callejón, al menos tenía la posibilidad de toparme con la belleza. Permanecí allí parado mas de un minuto, pensando que era lo que debía hacer, ¿debía quedarme en la fila y dar vueltas esperando que apareciera?, ¿debía salir a buscarla entre los puestos?, ¿o salir corriendo por los callejones del pueblo buscando en cada rincón a la dueña de esa noche?, solo sabía una cosa, no podía permanecer allí parado, así que recogí la rosa y salí de las filas.
Caminé un rato entre los puestos, compré un poco de pan y algunos dulces, se me antojaron las fritangas, pero no tenía ya animo para comer, compré un refresco y comencé a beberlo, le eché un vistazo a mi reloj y ya pasaban de las diez, no tenía caso quedarme más tiempo en la feria, lo mejor sería irme a la casa de huéspedes a descansar, al día siguiente tendría que despertarme temprano para subir la montaña, entre mas temprano mejor, así evitaría los intensos rayos de sol y respiraría todo el aire fresco de la mañana. Terminé mi refresco y tiré el envase en el primer bote que vi, ubique la iglesia y recordé el camino para llegar a la casa, crucé en medio de dos puestos para alcanzar la banqueta y caminar libremente, me dirigí hacia la iglesia y tomé la calle del costado izquierdo, al llegar a la esquina di vuelta a mano izquierda y vi de lejos la casa, apuré el paso, ya quería ir a descansar, había dado unos cuantos pasos cuando escuche la voz de una mujer que me decía:
– Oye.
Voltee inmediatamente y reconocí la sombra de una persona que venia a penas dando la vuelta a la misma esquina, al parecer me venía siguiendo.
– Me debes algo –dijo.
No recordaba haber comprado nada fuera del pan, los dulces y el refresco, además estaba seguro de haberlos pagado, esperé en la luz a aquella sombra.
– Me debes algo – repitió.
En ese momento cayó la luz sobre el rostro de la mujer, era la belleza, se veía esplendorosa, los contrastes de la luz y la sombra en su rostro la hacían ver aun más hermosa, por más que quise contener la emoción no pude y con un chisguete de voz le pregunté: – ¿Qué te debo?
– Esa rosa que llevas en la mano –me contestó.
Instantáneamente estiré la mano y le entregué la rosa, temí que al ver su belleza la flor quedara marchita, se veía tan hermosa que no dudé que aquello pudiera suceder, me quedé atónito, no podía quitarle la mirada de encima, ¿cómo era que me había escogido?, ¿Qué hacia ella ahí?, ¿como había llegado?, ¿Qué importaban todas esas preguntas?, el hecho es que estaba allí acompañándome, ella tomó la rosa con ambas manos y la llevó a su pecho, juntó las piernas, se paró derecha, inclinó el torso un poco hacia delante y se tocó tres veces con el dedo índice la mejilla, le mostré la mejilla derecha, y sin enderezar el torso estiró su cuerpo, se paró de puntitas y me beso la comisura de los labios, sentí que el corazón se me saltaba del pecho, giré la cara para intentar besarla, pero en un mismo movimiento se despegó y puso su dedo índice en medio de mis labios, con la mirada coqueta me dijo “ahora no”, yo besé su dedo y ella lo llevó hasta sus comisuras y ahí lo depositó, le ofrecí mi brazo y con ambas manos lo tomó, y después de un suspiro comenzamos a caminar..
Tomados del brazo me acompañó a dejar mi pan y mis dulces a la casa de huéspedes, no quiso entrar, prefería quedarse en la calle, temí que una vez más se me esfumara, al salir sentí alivio al ver que ahí estaba esperándome, le pregunté que quería hacer y me dijo que yo decidiera, le ofrecí nuevamente el brazo y nos dirigimos directamente al baile, no recuerdo que estaban tocando, era lo de menos, tomé su mano derecha y entre los dos sostuvimos la rosa, con mi brazo derecho rodee su cintura, depositó su mano izquierda en mi hombro y comenzamos a bailar. Por momentos llegaba a mi su aroma apenas perceptible, era delicioso, fresco, dulce, no era ningún perfume, era ella, su esencia, su propio aroma, quería acabármelo a bocanadas; nos fuimos acercando más y más, mi brazo ya rodeaba completamente su cintura, nuestras piernas se rozaban cada vez con mayor frecuencia, sus senos descansaban completamente en mi, a pesar de estar completamente agitado hice un esfuerzo para contener mi respiración y sentir la suya, también se encontraba agitada, me separé un poco y posé mi mirada en sus ojos, ella volteó hacia arriba y me miró, me acerque lo mas despacio que pude para no asustarla, para darle tiempo de decidir, sin embargo no me evitó, al contrario, abriendo un poco su boca me invitó a besarla, rocé suavemente sus labios con los míos, mordió su labio inferior y quedó húmedo, comencé a besarla despacio mientras mi deseo crecía, este rito duró varios minutos, comenzaba a molestarme el cuello, sin embargo no podía parar, finalmente mordí delicadamente su labio inferior, despegue mis labios y la abracé. Ella descansó su cabeza en mi pecho, me rodeó la cintura con la mano izquierda mientras que con la derecha sostenía la rosa, pasaba de verla a olerla y viceversa, miró el listón y dijo:
– ¿Ruy?
– Así es –le respondí–, ese es mi nombre, ¿cuál es el tuyo?
– Ruy no es ningún nombre –me dijo ignorando mi pregunta.
– Tienes razón –le dije–, mi nombre es Rodrigo, ¿cuál es el tuyo? –volví a preguntar.
– Andrea –me respondió–, como mi abuela –agregó.
Permanecimos abrazados por largo rato, balanceándonos sin importar el ritmo de la música, suavemente la oprimí contra mi cuerpo, quería fundirme en ella aunque fuera solo por esa noche, ella al sentir que la oprimía me abrazó con fuerza y me dijo:
– Vámonos de aquí.
– ¿A dónde? –le pregunté soltándola.
– Sígueme –dijo, al mismo tiempo que me tomó de la mano y comenzó a andar.
Se metió entre callejones, se notaba que conocía perfectamente el pueblo, no recuerdo que caminos tomó, solo recuerdo que el bullicio de la gente que gritaba y se divertía en la feria se apagaba con cada paso, ya solo se escuchaba el sonido lejano de la música del baile. Llegamos a la casa del portón de madera, lo abrió y me dijo:
– Espérame aquí.
– ¿A donde vas? –le pregunté tomándola de la mano.
Se paró frente a mí y alzando los brazos me rodeo el cuello, y entre beso y beso me dijo: –Tú espérame aquí, ahora vuelvo.
No tuve más remedio que esperarla, fueron tan solo unos minutos los que desapareció, a mi se me hicieron una eternidad, miré mi reloj y ya pasaban de las doce, sentí remordimiento, sabía que si quería subir la montaña al día siguiente debía hacerlo temprano, eso significaba tener que irme a descansar, sin embargo quería seguir besando a Andrea toda la noche; comenzó una lucha interna entre la razón y la carne, había venido a subir la montaña y ahora lo único que quería era besar y tocar a una mujer que acababa de conocer, me estaba dejando llevar por el deseo, no podía ser posible, tenía que hacer algo, salir corriendo tal vez, jugarle la misma broma que ella me había jugado, estaba a punto de vencer la razón cuando apareció, se veía tan hermosa como la noche, terminó la batalla, seguía el remordimiento, pero ya no tenía ninguna duda de lo que iba a hacer esa noche, lo único quería en ese momento era estar con ella y así sería. Al acercarse pude ver que traía algo en la mano, lo alzó para mostrármelo y sonrió:
– ¿Qué es eso? –le pregunté.
– Unas llaves –me dijo haciéndolas sonar
– ¿Y…? –alcancé a decir antes de que me besara y me dijera:
– Ven, vamos, nadie nos va a encontrar.
Me tomó de la mano y volvimos a los callejones, comenzamos a acercarnos al centro, volvieron a escucharse los gritos y risas de la gente, entramos en un callejón y comencé a ver las luces de la plaza reflejadas en una pared, sin embargo antes de llegar a la pared se detuvo enfrente de un local y abrió con las llaves la puerta de la cortina, entró en él y me jaló, por poco y me quedo incrustado en la cortina, apenas tuve tiempo de bajar la cabeza y librarme del golpe, ya adentro cerró la puerta y no pude ver nada, no hice el intento de hacerlo, solo dejé que me condujera, poco a poco comencé a distinguir los objetos, estábamos en una tienda de tapetes y manteles, pasamos agachados por la puertita del mostrador y entramos en lo que parecía ser una bodega, había una gran cantidad de tapetes enrollados, cogió uno y lo puso en el suelo, consideré que no sería suficiente para evitar el frió del suelo, así que tomé otro y lo puse encima, ella tomo varios cojines y los tiró pegados a la pared, se sentó y tomando mi mano me jaló suavemente, hasta quedar recostados.
Comenzamos a besarnos, no sabía donde poner las manos, quería acariciar todo su cuerpo, pero no quería arruinar el momento, así que esperé a que ella tomara la iniciativa, no tuve que esperar mucho tiempo, abrió uno de los botones de mi camisa y metió su mano para acariciarme el pecho, desfajé su blusa por la espalda y por el hueco que quedó metí la mano, acaricié su espalda hasta recibir su siguiente señal, ella sacó su mano de la camisa y comenzó a bajarla hasta llegar a la altura del cinturón, lo desabrochó al igual que el botón del pantalón y metió su mano, en ese momento rozó mi ingle y tuve una pequeña contracción, desabroché su sostén y pasé mi mano hacia el frente, con una mano comencé a acariciar sus senos y con la otra recogí su falda, y la metí para acariciarle las piernas y las nalgas; no se cuanto tiempo estuvimos así , tal vez fue una hora, tal vez dos, ya me dolían los labios de tanto besar y comenzaba vencerme el sueño, sabía que aquello no pasaría de las caricias, sin embargo no podía parar, ella seguía besándome y acariciándome tal vez por la misma razón por la que yo continuaba, por no abandonar el juego primero; en eso se escuchó que alguien trataba de abrir la puerta del comercio, ella se incorporó al tiempo que se bajaba la falda, yo me paré y comencé a abrocharme la camisa, se oyó como se abría la puerta, se escucharon voces y risas, estaban entrando a la tienda, ella tomó su sostén y su blusa, y salió corriendo tapándose los senos, traté de tomarla del brazo para que no me dejara, pero se me escapó, pasó enfrente de la puerta que daba a la tienda y desapareció por un pasillo que se veía al final, cada vez se hacían mas fuertes los gritos y las risas, me agarré los pantalones y salí corriendo detrás de Andrea, la luz de la tienda se prendió al tiempo que escuchaba un grito de borracho, al pasar frente a la puerta me mató la curiosidad y voltee a ver quienes eran los que hacían correr a mi deseo, no alcancé a ver nada, ni siquiera con lo que tropecé, en ese momento solo sentí miedo y angustia, voltee a ver hacia el frente, ya no tenía tiempo ni de meter las manos, a escasos milímetros se encontraba la pared del pasillo, una pregunta surgió en mi mente ¿Qué hacia yo ahí?, no hubo respuesta, no tuve siquiera tiempo de contestarla, apenas terminó mi cabeza su pregunta dejé la cara embarrada en la pared, alcancé a escuchar el golpe seco y bofo de mi cráneo contra el ladrillo, lo último que recuerdo fue que antes de caer al suelo escuche un grito que provenía de la tienda y que decía:
– ¡Noche de Locas!
Era medio día cuando desperté, poco a poco abrí los ojos, no sabia en donde estaba, me incorporé y quedé sentado en la cama, voltee hacia todos lados para reconocer el lugar, súbitamente me vinieron a la mente todos los recuerdos de ese fin de semana y quedé bloqueado, me llevé las manos a la cara y recargué mis codos en las piernas, intentando traer en orden mis recuerdos, poco a poco pude concentrarme y comencé a armar el rompecabezas, hubo eventos que no recordé y que tuve que completarlos con suposiciones, comenzaban a aclararse las cosas, a excepción de una que me inquietaba, ¿que hacia en la posada de San Miguel?, ¿habría sido un sueño todo aquello?, tal vez ni siquiera había salido en búsqueda de la montaña, tal vez aún era Sábado, busque mi reloj, estaba en el mismo lugar en que lo había dejado la noche del viernes, en si nada había sido movido de su lugar, tome mis lentes y me los coloqué, cogí mi reloj y un impulso hizo que me pusiera de pie, era Domingo, ¿que hacia en San Miguel?, que había pasado con mi Sábado?, ¿quién me había traído de regreso?, ¿que había pasado después de aquel golpe?, traté de caminar pero no pude, me dolía todo el cuerpo, hice un nuevo intento y logré dar un paso, poco a poco llegué a la puerta del cuarto y la abrí, asomé la cabeza al pasillo, no había nadie, como pude llegué al baño y me miré en el espejo, no vi indicios de ningún golpe, cerré la puerta y comencé a orinar, en ese momento una punzada que iba desde los riñones hasta el ano hizo que tuviera que sostenerme con la pared y las cajas que se encontraban en la regadera, sentí mucho miedo, en ese momento escuche a alguien afuera del baño, voltee lo mas rápido que pude y solo logré ver una sombra que se desvanecía por debajo de la puerta, voltee a ver si no estaba orinando sangre, gracias a Dios no, terminé de orinar y hasta entonces cesó la punzada, sin embargo el dolor permaneció, me lavé las manos y salí del baño, ya podía caminar un poco mejor, pero cada paso que daba sentía la punzada, regresé al cuarto y me recosté un rato, poco a poco bajó el dolor, volví a tratar de recordar aquellas partes que me faltaban, lo primero que vino a mi mente fue el beso que le di a “”, ¿habría sido ella quien me había llevado a su posada?, ¿la que había pasado frente al baño al oír que me había levantado?, en ese momento me levante de la cama y comencé a vestirme, jamás me había costado tanto trabajo mover mi cuerpo, terminé de medio arreglarme y metí en mi maleta las cosas que quedaron fuera, la cerré y me dirigí hacia la puerta, quería ver a Andrea, tal vez ella tenia alguna respuesta, después de mucho dolor llegué a lo que podría ser la recepción de la posada, ahí se encontraba el mismo muchachito de pelos parados que me había atendido el Viernes:
– Buenos días –lo saludé.
– Buenos días caballero –me respondió.
– ¿Cuánto va a ser? –le pregunté.
– ¿Cuántas noches fueron? –me respondió como si no recordara que él me había atendido el viernes.
– ¿No recuerdas que llegué el Viernes? –le pregunté lo mas amablemente que pude.
– Lo siento caballero, pero no se si el día de ayer haya pagado la noche del Viernes –me respondió-
Abrí mi cartera para ver cuanto dinero traía y solamente faltaba lo del hospedaje del día anterior, de ahí en fuera estaba todo el demás dinero.
– Tienes razón –le dije–, ya pagué el día de ayer –y le di la misma cantidad que el día anterior le había entregado a Andrea
– ¿Ya ve?, ya hasta sabe mas o menos cuanto es por noche –y tomando el dinero desapareció detrás de la cortina que estaba detrás de el.
Quería preguntarle por Andrea pero no sabia como, después de unos segundos regresó con mi cambio.
– Aquí está su vuelto –me dijo depositando el dinero en el mostrador–, que tenga muy buen día y esperamos verlo pronto –dijo como todo un recepcionista de hotel de 5 estrellas.
– Disculpa –me animé a preguntar antes de que volviera a desaparecer entre las cortinitas.
Haciendo un giro quedo de frente a mí, puso una mano en el mostrador me dijo: – ¿Si dígame caballero? –, y llevándose la otra mano a la boca comenzó a morderse los padrastros.
– Ayer en la mañana me atendió una señorita, ¿no sabes en donde podría localizarla? –dije algo nervioso.
– ¿Una señorita? –me preguntó alzando la ceja.
– Sí, una muchacha con una sonrisa muy peculiar –me abstuve de dar mayor información acera de su belleza.
– Pues no se caballero –me respondió mirándose las uñas–, pudo haber sido la hija de la dueña o no se quien más, luego le vienen a ayudar a la señora algunas chamacas, además ayer fue mi día libre y no estuve atendiendo –nunca había escuchado tantas zetas en una misma oración.
– ¿Estas seguro que no sabes quien pudo haber sido? –insistí.
– Lo siento señor –me dijo mirándome fijamente a los ojos y apoyándose con las dos manos en el mostrador–, pero si quiere le puedo ir a preguntar a la señora, ella seguro que sabe quien atendió ayer, nomás que le voy a encargar el changarro un rato en lo que voy a buscarla, por que salió.
– No te molestes –le dije–, no tiene importancia –ya para ese entonces lo único que quería era salir de allí, comenzaba a sentirme mal nuevamente.
Salí de la posada casi ido, busque mi automóvil y estaba en la banqueta de enfrente, no recuerdo haberlo dejado allí, como pude lo abrí y entré en él, me asome al espejo y estaba completamente pálido, cerré la puerta con seguro y me recargué en el asiento para descansar, poco a poco comencé a sentirme mejor, en cuanto recobré un poco de color encendí el auto, deje que se calentara unos minutos en lo que regresaban las fuerzas, me abroché el cinturón y arranqué, voltee a ver la posada para ver si, al igual que el día anterior, aparecía la bella, pero en su lugar estaba el muchachito de los pelos parados, quien al saberse observado inclinó la cabeza, y llevándose la mano derecha al rostro, apoyó su barbilla en los dedos medio y pulgar, sobre la mejilla descansó su dedo índice y dibujó una sonrisa que asomaba un colmillo por encima de todos los demás dientes.
No he vuelto a visitar San Miguel C… no quiero saber que nunca he ido mas allá de este pueblo, que aquel Sábado nunca existió, tampoco he intentado llegar nuevamente hasta la montaña, me da miedo saber que el pueblo de la montaña y Andrea son producto de mi imaginación, que... algo me ocurrió allí. Sin embargo y a pesar de todo, todavía me doy tiempo para contemplar la gran montaña, la dueña de mis anhelos, siempre majestuosa, con sus tres cimas simulando el vuelo de un águila y su valle descansando a los pies de estas, siempre tranquilo, dando paz a mis ojos, alimentando por horas mis sueños, hasta que una fuerte punzada en el culo me regresa a la realidad.