jueves, 30 de junio de 2005

La coincidencia de nuestras ventanas

No es que no quiera, es mas bien que no me animo; siempre logro ver una sección de ella, lo que mi ventana y la suya me permiten observar desde mi cama, un poco de piel, una rebanada de su rostro y en algunas ocasiones, un poco más de lo necesario para saciar mi imaginación, es entonces cuando quisiera poder mirar todo y cuanto sucede tras su ventana, pero no me atrevo.

Hace varios meses que la observo, siempre a la misma hora, desde aquella madrugada en que la fortuna vino a pagarme, con ella, todas las que el insomnio me había cobrado. Encabronado por no poder dormir golpeaba con los puños la cama y la almohada, lanzando maldiciones contra el insomnio, por momentos me tranquilizaba, esperanzado en que, con la calma y la hora, volviera a mí el sueño, poco a poco sentí el cansancio en mis párpados y mi humor mejoró, acogí complacido mi triunfal entrada al en el delirio de los sueños, delirio que agudiza los sentidos, que crea un grito del más leve susurro y un derrumbe del más pequeño crujido, cerca estaba de perderme de este mundo, cuando lejos, fuera de la casa, sonó una diminuta alarma de despertador que escuché como si estuviera sonando dentro de mi oído, al instante se me fue el sueño e instintivamente miré el reloj, daban ya las cuatro y tantos, volví a maldecir mi suerte, al tiempo que la luz de la habitación de Sofía (así la he bautizado) se encendía, un haz de luz cruzó la coincidencia de nuestras ventanas y arremetió contra mi pupila, quedé cegado por un momento, pero la falta de sueño me ayudó a habituar rápidamente los ojos al resplandor y pude ver un hilo de lo que en aquella habitación sucedía, vi pasar la silueta desnuda de Sofía y como un lector óptico fui leyendo todos aquellos rayos de luz que frente a mi pasaban, al final en mi memoria quedó grabada la suma de todos los fragmentos y pude ver en mi mente la más bella imagen… aquello fue, definitivamente, excitación.

Día a día, desde aquel encuentro, mi oído se ha agudizado tanto que ahora logro escuchar desde mi cuarto su aliento, y mis ojos, a pesar del cansancio diario, han mejorado su habilidad para habituarse a los cambios de luz matutinos.

Al día siguiente, me avergüenza decirlo, me desperté por mera curiosidad, quería comprobar si era verdad lo que el día anterior había visto; por la noche, una especie de morbo me había hecho poner mi despertador para repetir el espectáculo, por instantes pensé que no sucedería, que aquella había sido una más de esas tantas coincidencias que no vuelven a coincidir jamás, pero no fue así, a las cuatro de la madrugada recibí con alegría los tonos agudos del aparato – ¡Bip bip! –, permanecí en la cama, tal vez por flojera, tal vez por no querer delatarme cuando prendiera su luz, mis pupilas se dilataron; veloz entró por aquel resquicio la imagen de Sofía y una vez más la reconstruí en mi cabeza, pero no era la misma del día anterior, ahora era más bella y había desfilado dos veces, no tuve tiempo de pararme y alcanzar completa su imagen, como si tuviera vedado un espesor mayor que la casualidad, su contorno desapareció tras la pared y no volvió por dos días… aquello fue, definitivamente, deseo.

Todas las noches la oigo llegar a casa, siempre corriendo, con paso apresurado, sonando sus tacones hasta que salen volando y golpean algún mueble, abre y cierra puertas, y de pronto los sonidos se interrumpen, se detienen pocos minutos, silencio total, logro escuchar mi respiración, después, corre el agua del excusado. No vuelvo a escuchar su pasos, ya no tiene prisa, sin embargo sé que camina por todo su departamento mientras se prepara para dormir, dejando seguramente ropa por aquí y por allá, ropa que al final acabará por recoger y tirar en alguna esquina, escucho el llamado del microondas en la cocina, unas llaves depositadas en su tocador, el correr de las puertas de algún closet, los cubiertos golpeando el plato y la taza, la clásica tonada del teléfono y su conversación con mamá, por último, gárgaras y buches, entonces, tranquilo por saber que al día siguiente podré volver a verla, caigo dócil en una fantasía que prepara la utopía del día siguiente.

La tercera vez ya no me valí de ningún despertador, ya había aprendido demasiado con aquel presidio de dos días, en los cuales mis sentidos se transformaron, cada minuto que transcurría parecía un día entero lleno de ansiedad, fueron dos mil ochocientos ochenta largos días de espera, casi ocho años aprendiendo a escuchar su respiración (por que podía escucharla en su departamento), adivinando el vaivén de sus caderas por el roce de su ropa, descifrando sus costumbres por los pasos que daba en la cocina, conociéndola por sus llamadas telefónicas, bosquejando su silueta con el jadeo del agua retozando por su cuerpo, sospechando sus quimeras con los susurros de la noche; pero no la vi ni una sola vez, su ausencia era una sed de días, de años, de conciencia, de saber que el agua estaba tras la cerrada gruta que me separaba de beberla. Estuve despierto toda la noche esperando anhelando el fin de mi presidio, la ilusión de beber el hilo de agua que escurría por el delgado filo de la coincidencia, la hora llego, el diminuto campaneo sonó y la luz entro por la ventana, un fino alambre de cobre se dibujo en mi cabecera, era el reflejo del filamento que me traía a Sofía, yo, desde mi cama, atónito vi formarse su nariz, sus ojos, sus pezones, sus senos y la comisura donde terminan, sus labios, su mejilla, sus cabello, su oreja debajo del pelo, sus brazos, terminó su cuello y su borde se fue desvaneciendo por la espalda, hacia abajo, terminado en una deliciosa, tersa, firme redondez… aquello fue, definitivamente, Delirio.

Por las tardes, cuando me encuentro solo (por lo general me encuentro solo), me asomo a mi ventana y logro ver completamente la suya, pero ella no está, ni ella, ni su desnudez, únicamente la de su habitación.

Desde aquel día no he faltado una sola vez a nuestras citas, todos los días a las cuatro y tanto suena su despertador al mismo tiempo que se abren mis ojos, impaciente espero a que la luz se encienda, cuento los segundos, se enciman entre seis y nueve, ahí está el haz, pronto, pronto, aquí vienen mi delirio, mi anhelo, mi todo, ¡que dicha la mía!

También algunas noches, parado frente a mi ventana la he observado dormir, sus cortinas semiabiertas ceden ante mi cómplice la luna, y su tenue luz se posa en sus contornos, las sombras y el albor que se tiende sobre ella, me dibujan sus líneas y me ayudan a recrearla en la mente, siempre en la mente – ¿Cuándo podré conocerla? – me pregunto, entonces deseo verla despertarse, revelarse completamente, tridimensional, desnuda, con todos su trazos reunidos, pero inmediatamente la incertidumbre me detiene ¿y si no es como mi Sofía? ¿Qué haré después sin mi ilusión? ¿Cómo podré llamarla si su nombre no es Sofía? Lleno de angustia al escuchar su despertador me escondo tras la pared y me asomo para ver es espesor de esa película erótica que todos los días me despierta para llevarme al delirio y hundirme en la más profunda de las ansiedades. Tantas cosas he creado en mi cabeza que no podría sufrir la desilusión de la realidad, ni aceptar que el resultado de los mil fulgores fuera diferente a mi quimera, destrozaría mi capricho, entonces resuelvo conservar mi fantasía… esto es, definitivamente, locura.

Trés menos trés diías

Por fin se está yendo el agua, y por alguna extraña razón han retornado a mi mente todos aquellos recuerdos de lo que han sido estos últimos tres días, quizá debería decir seis, no lo se, ni siquiera puedo decir que tres de ellos tengan medida de tiempo alguna; no encuentro como definirlo, tal vez la suma de todo no suma nada.

Todo comenzó en este preciso instante; hace menos de un segundo; cuando el agua del lavabo se detuvo por un pequeño lapso de tiempo; nunca había visto nada igual. Acababa de despertarme y como de costumbre me levanté sin hacerme el rejego en la cama; al primer sonido busqué el celular y lo desactivé al tiempo que me impulsaba fuera de la cama, tomé mi ropa interior, previamente acomodada en el taburete la noche anterior, y fui al baño, abrí la llave del agua caliente de la regadera y regresé al lavabo a lavarme los dientes, al terminar de lavarlos ya comenzaba a salir agua templada, decidí enjuagarme los ojos para terminar de medio despertarme; tomé agua con mis manos y las llevé directo a mi cara, me mojé el rostro y dejé caer el agua, volví a repetir este paso dos veces mas y después, instintivamente, cerré la llave. Sorprendido me percaté de que el agua del lavabo se había detenido; no se si sucedió lo mismo con el agua de la regadera; ahora se que está corriendo, pero no puse atención si hace un rato también permaneció estática igual que la del lavabo.

Ahí estaba el agua, se había detenido después de lavarme los dientes; no se veía turbia y ningún movimiento se percibía en ella, me acerque para ver si no estaba siendo engañado por mi cansancio; no era así, verdaderamente el agua se había detenido por un instante, un cuarto del ovalín estaba lleno y el agua no corría, sin embargo el tubo del desagüe no estaba tapado; podía ver a través de él; las paredes del tubo tenían una ligera capa de agua, pero el centro estaba libre y podía ver que no había nada atorado; aquello parecía una gelatina transparente; acerque mi mano al agua y con un dedo la toqué; una onda se hizo y continuó su viaje, y una parte de la onda se dirigió directamente al desagüe, y descendió hasta que la perdí de vista, pero el agua no corrió.

Todo esto había ocurrido en menos de cinco segundos. Poco a poco me fui acercando al pequeño agujero del lavabo y sentí como empequeñecía conforme me acercaba mas y más al desagüe; a tal grado me encogí, que mi cabeza cupo dentro del tubo y ni siquiera tocaba el agua que permanecía en las paredes; parecía como si las dimensiones crecieran dentro del lavabo, pues a pesar de que, fuera del lavabo, el hoyo medía menos de cinco centímetros, al acercarme, se convertían en más de un metro. Primero asomé la cabeza para ver si cabría mi cuerpo, pronto me di cuenta que no tendría problema con el resto; subí mis rodillas al lavabo y comencé a caminar dentro del drenaje, cual fue mi sorpresa que al estar dentro del tubo, comencé a caminar sobre las paredes de la tubería sin precipitarme hacia el fondo, podía caminar en cualquier parte de la pared del tubo sin caer hacia ningún lago. Cada paso que daba sentía cómo iba reduciéndose el espacio, sin embargo no así la separación entre mi cuerpo y las paredes del tubo, hasta que hubo un punto en que todo, mi cuerpo, el agua, el espacio libre, las paredes del tubo y todo el universo, convergíamos en ese mismo punto.

Jamás había experimentado ser nada, esta ha sido la única vez que lo he sentido, sin embargo y a pesar de mis complejos de inferioridad, no he sentido frustración alguna, ni deseos por hacer sentir menos a alguien más; y es que en ese punto maravilloso en el que no existía dimensión alguna, al mismo tiempo estaba contenido todo, pues nada y todo eran lo mismo en ese instante, todas las líneas que conforman el universo se juntaban en ese vértice. Incluso el tiempo, y tal vez muchas más dimensiones que ni siquiera sé que existen atravesaban aquel punto, punto en que todo se detenía y perdía dimensiones.

A pesar de esa magnífica sensación de ser nada, parte de todo y todo al mismo tiempo, hubo un momento en que reflexione sobre lo que estaba sucediendo y una angustia terrible invadió mi cuerpo; me pregunté que hacia yo metido en un tubo aparentemente más pequeño que yo; ¿hacia donde me dirigía? ¿Qué pasaría conmigo? Desee retornar en ese instante, pero era demasiado tarde, ya no había marcha atrás, no es que el valor me hiciera seguir adelante, mas bien no encontré la forma de volver, así que solo tuve que continuar y dejarme llevar; me armé de valor y di el siguiente paso, que a su vez se convirtió en el anterior; no se de que otra forma explicarlo. Nunca creí que se pudiera retornar en el tiempo, al menos no como decían las películas y los programas de televisión que veía cuando era niño: superando la velocidad de la luz, ya fuera en un cohete o en una esfera suspendida, o entrando en una especie de túnel giratorio, y no se que otras tantas teorías; no, esto era totalmente diferente a todo, no había superado velocidad alguna ni cruzado ningún túnel (al menos no uno giratorio), esto había sido mucho más sencillo que en la ficción, todo lo que había tenido que hacer era meterme dentro del tubo del lavabo.
Al dejar atrás la dimensión cero, comencé a retroceder en el tiempo, ya no tomaba decisiones, venia del instante donde había hecho las cosas para llegar al momento en que había tomado la decisión de hacerlas y de aquí al tiempo en que la decisión no había sido siquiera pensada, pues no se habían ya juntado todos los elementos para que fuera necesario pensar en ella.

Todo en este lugar era al revés, en lugar de envejecer, rejuvenecía, pero a la vez perdía la memoria de lo que acababa de hacer, mas bien era que no podía recordar lo que no había hecho, pues a cada instante que pasaba, deshacía todo aquello que antes (o quizá debiera decir después) estaba hecho; perdía experiencia y edad, sin embargo nunca me sentí más joven; tal vez porque sólo fueron 3 días.

No solo retrocedí en el tiempo, también en el espacio, pero explicar el retroceso en el tiempo no es tan difícil como explicar lo que son las dimensiones negativas; todas las líneas que habían pasado por aquel punto, al salir de este, habían mantenido su dirección, de tal forma que todo aquello que estaba dentro de todos los planos que conformaban y contenían el espacio, ahora quedaban fuera de ellos, en lugar de ocupar un espacio lo dejaban libre, o desocupado; mis dimensiones ahora eran negativas, sin embargo al mismo tiempo que generaba un vació en el espacio, contenía dentro de mí todo el universo, parecía como si me hubiera convertido en lo que imagino son los hoyos negros.

Es difícil describir con palabras lo que viví durante esos tres días en que retrocedí en el tiempo y en el espacio, incluso es difícil describir lo que fueron los tres días de vuelta hasta este momento; a pesar de que los viví de la misma forma que la primera vez, pues ningún hecho me hizo recordar que ya los había vivido, más bien es ahora, que he decidido no entrar en el lavabo, que vienen a mi los recuerdos de lo que fueron estos tres menos tres días. Ya se ha ido toda el agua, y una vez más todo vuelve a la normalidad, escucho nuevamente caer el agua de la regadera, y mientras avanzo hacia ella comienzan a temblarme las piernas y una angustia que invade mi cuerpo me provoca el llanto, tengo que sentarme en el suelo y dejar que el agua caiga en mi espalda para tranquilizarme, ¿Qué habría pasado si no hubiera regresado? ¿Cómo es que he regresado a mi vida normal? ¿Por qué es lo único que no recuerdo? , solo sé que la mañana de hace tres días amanecí en mi cama, y tal vez de la misma forma en que las defensas del cuerpo, se deshacen de todo aquello que no pertenece a él, así también aquel lugar se dio cuenta que un ser extraño lo estaba habitando y me envió de regreso a casa, no lo sé, pero doy gracias de estar de vuelta en casa.

Muchas veces pensé que sería entretenido volver en el tiempo, me imaginaba comprando boletos de lotería con el número que ya sabía que ganaría, o apostando a los caballos ganadores, y regresando a mi tiempo hinchado en dinero, tal y como sucedía en las películas. Ahora que he vuelto, esos sueños se han desvanecido y me doy cuenta de que, si no me hubieran regresado a mi tiempo y espacio, hubiera acabado por reingresar al seno de mi madre y morir en el preciso instante de haber sido concebido, incluso veo que es imposible leer el periódico y ver el numero ganador de la lotería y regresar en el tiempo para comprarlo, pues la memoria se perdería en aquel lugar.