El viejo no quiere morir y no es por falta de circunstancias, sufre mucho y los dolores son intensos, otro en su lugar ya habría cedido el cuerpo, pero este hombre no, no se decide a entregar la vida, es tanto su miedo, que prefiere seguir sufriendo a dar el segundo paso; y hablando de su pánico, no lo es tanto por la muerte en sí, que sí le teme, mas es mayor su temor al destino de su desdichada hija, la nena, la pobrecita niña de 37 años, que no podrá arreglárselas sin él… piensa así el desdichado.
A decir verdad, y a riesgo de parecer insensible, no es mucho lo que me importa la niña, no es su situación la que me intriga, es la fuerza que tiene el hilo de vida que lo mantiene respirando lo que verdaderamente llama mi atención, a mi mente viene la escena del cabello de superman sosteniendo en el aire una masa de 1000 toneladas… pero hasta el pelo del súper héroe debe tener un límite, una cosa es cargar una masa, por descomunal que parezca, y otra es mantener con vida, a través de una fina hebra, un cuerpo inundado de muerte, de esa muerte que ha arrasado con poblados, generaciones y épocas enteras, qué podría hacer un cabello de acero contra el peso de la muerte, no resistiría ni el primer tirón.
Y no solo me intriga la situación, también me hiere, pues quiero al viejo, condenado viejo pelón cómo lo he querido siempre, ojalá ya puedas descansar, mas ese hilo de vida y miedo parece irrompible y no te lo permite, qué combinación tan irónica y tan resistente, como si el temor fuera una vena que suministrara vida al cuerpo, y por más que la muerte la consumiera, el pavor de partir manara existencia a borbotones.
Vete ya viejo, que mi padre y el tuyo te esperan y nada le pasará a tu hija, tal vez aprenda a vivir, pero eso no es tan malo ¿o no a eso hemos venido? Cierra ya tus ojos, viejo y escucha las voces que te llaman, deja que reviente el cordón, ya mereces descansar.
Este blog lo he creado para publicar mis cuentos y ocurrencias, espero que lo disfrutes.
sábado, 15 de mayo de 2010
martes, 11 de mayo de 2010
¿Qué tal una jetita?
Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivió una joven princesa de inmaculada belleza, tenía un rostro verdaderamente angelical y un cuerpo de ensueño, delgado y escultural, era tal su hermosura que en el reino se la conocía como “bella”, pero bien le pudieron haber llamado “sabrosa” y hubiese sido igualmente acertado, sin embargo, algo había que se interponía entre ella y la perfección: su arrebato, tanto la mimaron en su vida, que terminaron por descomponerla y así fue como sucedió que, el día en que la bella niña cumplió sus quince primaveras, se pinchó un dedo con la aguja de una rueca y dio comienzo el padre de los berrinches; gritos y llanto salieron de su contorsionado cuerpo, pataletas y mas pataletas interpretó la escuincla hasta hartarse y por último se encerró en la torre más alta, el desgaste de energía fue abundante y generoso, pero sobre todo fatigoso, tanto, que la niña se quedó dormida y no volvió a despertar.
Pasaron los años y como siempre la historia se convirtió en mito y el mito en leyenda, y esta llegó a los oídos de un apuesto y valiente príncipe; por aquellos días se cumplían ya cien años de modorra y él, motivado por la descripción de su belleza y sensualidad, decidió ir a despertarla con un beso y, por qué no, alguna que otra caricia. Ordenó a su lacayo preparase el viaje y a la mañana siguiente, montando sus caballos, partieron. Cabalgaron durante 3 días con sus noches hasta llegar al reino de la bella y al acercarse al casillo notaron que estaba vació, abandonado, ni sirviente ni amo encontraron a la vista, una gran cantidad de hiedra y espinos rodeaban las murallas. A punta de espada se abrieron paso hasta lo que algún día fueron los jardines reales y comenzaron a buscar el camino a la torre más alta, al pie de las escalera se quedó parado el príncipe y un escalofrío inundó su cuerpo, iniciaron el ascenso y con cada paso su corazón se aceleraba, con los sentimientos a flor de piel se detuvo frente a la puerta de la gloriosa habitación y la empujó.
Lo que encontró tras abrir aquella puerta fue impresionante, una tenue luz de atardecer cruzaba la habitación desde la ventana hasta la cama, colores terracota se atropellaban al entrar por sus pupilas, olores añejos, madera, papel, fibras, un ambiente denso, cargado, flotaba en el dormitorio, las ropas de cama, completamente raídas, volaban con la brisa, aquello parecía una morada de fantasmas, las de la princesa no tenían mejor suerte y dejaban ver gran parte de su cuerpo; con los ojos desorbitados la observaba sin aliento el príncipe, ella lo miró y a él se le salió el corazón del pecho, la belleza, la tersura de la piel y las deliciosas curvas ya no habitaban su cuerpo, en su lugar arrugas, yagas, cueros colgados y sequedad habían prosperado, agonizante, la arcaica princesa profirió su último suspiro y así murió la mujer por la que nació la leyenda de “la vieja huevona esa.”
Pasaron los años y como siempre la historia se convirtió en mito y el mito en leyenda, y esta llegó a los oídos de un apuesto y valiente príncipe; por aquellos días se cumplían ya cien años de modorra y él, motivado por la descripción de su belleza y sensualidad, decidió ir a despertarla con un beso y, por qué no, alguna que otra caricia. Ordenó a su lacayo preparase el viaje y a la mañana siguiente, montando sus caballos, partieron. Cabalgaron durante 3 días con sus noches hasta llegar al reino de la bella y al acercarse al casillo notaron que estaba vació, abandonado, ni sirviente ni amo encontraron a la vista, una gran cantidad de hiedra y espinos rodeaban las murallas. A punta de espada se abrieron paso hasta lo que algún día fueron los jardines reales y comenzaron a buscar el camino a la torre más alta, al pie de las escalera se quedó parado el príncipe y un escalofrío inundó su cuerpo, iniciaron el ascenso y con cada paso su corazón se aceleraba, con los sentimientos a flor de piel se detuvo frente a la puerta de la gloriosa habitación y la empujó.
Lo que encontró tras abrir aquella puerta fue impresionante, una tenue luz de atardecer cruzaba la habitación desde la ventana hasta la cama, colores terracota se atropellaban al entrar por sus pupilas, olores añejos, madera, papel, fibras, un ambiente denso, cargado, flotaba en el dormitorio, las ropas de cama, completamente raídas, volaban con la brisa, aquello parecía una morada de fantasmas, las de la princesa no tenían mejor suerte y dejaban ver gran parte de su cuerpo; con los ojos desorbitados la observaba sin aliento el príncipe, ella lo miró y a él se le salió el corazón del pecho, la belleza, la tersura de la piel y las deliciosas curvas ya no habitaban su cuerpo, en su lugar arrugas, yagas, cueros colgados y sequedad habían prosperado, agonizante, la arcaica princesa profirió su último suspiro y así murió la mujer por la que nació la leyenda de “la vieja huevona esa.”
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