Una de las características principales de los mexicanos – decía a mi amigo Godión Cocoche – es la impuntualidad, tan es así, que en nuestra sociedad la puntualidad está mal vista, cuando uno organiza una fiesta o reunión, por lo general se cita a los invitados a una hora esperando a que lleguen, por lo menos, media hora… no digamos tarde, sino después; lo mismo sucede cuando se organiza un día de campo, se cita a los participantes en cierto lugar a las ocho de la mañana, para ir saliendo por ahí de las diez y media u once de la mañana a Chapultepec; aún en el trabajo, si la hora de entrada es por ejemplo, a las ocho y media de la mañana, se les otorga a los empleados quince minutos de “tolerancia” antes de sancionarlos con un día de descanso sin goce de sueldo, sin estos generosos minutos seguramente la empresa cerraría al tercer día por falta de gente. Aquí en la ciudad de México, en la organización de casi todos los eventos en los que se requiere de juntar a más de una persona, se considera de buena educación tomarse un tiempo de retardo para que la mayoría de los invitados, e incluso el anfitrión, arriben al lugar (en el caso de mi tía Filomena ella misma se da sus tiempos de retardo para estar con ella misma). Este último (el anfitrión, no mi tía Filomena) en ocasiones solo llega a tiempo a su entierro. Las bodas tampoco son la excepción, se cita a los invitados media hora antes de la eucaristía para que, aquellos que no logren llegar a tiempo, por lo menos lleguen a la iglesia cuando los pocos que asistieron se estén organizando para dirigirse a la fiesta.
Sin embargo, y muy a pesar de todas estas artimañas que nuestra sociedad con tanta delicadeza y conciencia ha desarrollado a través del tiempo, la mujer se las sigue ingeniando para llegar tarde a casi todos los eventos, excepción hecha de las baratas y las ventas nocturnas, en las que, contrario a la idea de que asisten con el objeto de obtener aquellos artículos que tanto necesitan, pero que durante todo el año no han podido comprar, llegan con la única y maquiavélica idea de adquirir aquello que, literalmente, mataría de envidia a sus más intimas arpías, perdón amigas.
En estas andaba cuando mi amigo Godión emitió un suspiro que partía el alma.
– ¿Que tienes Godión? – pregunté.
– Nada Rufino – me respondió con tono de sepulturero – lo que pasa es que hace unos meses, mientras mi mujer y yo nos preparábamos para ir a una fiesta, tuve una pequeña discusión con ella acerca de su impuntualidad, yo...
– Bueno, – le interrumpí – si fue una pequeña discusión no creo que sea razón suficiente para que estés así ¿no?
– ¡No hombre! No – me respondió – si no es la discusión lo que me tiene así, lo que sucede es que mientras yo le reprochaba su tardanza al arreglarse y ella se defendía diciendo que si se tardaba, era por que se arreglaba para mí, se me ocurrió la estupidez de decirle que prefería llegar temprano que verla arreglada.
– ¡Caramba! – Exclamé – y seguramente se te armó la grande.
– Pues no, simplemente se siguió arreglando y nos fuimos a la fiesta.
– Entonces no entiendo – asentí – ¿en donde está el problema?
Godión se frotó las manos, soltó otro suspiro y continuó – el problema es que me tomó la palabra y ahora a cada evento que asistimos va con unas fachas, que el otro día al llegar a la casa de los Villa Pérez, el mozo nos introdujo a la casa por la puerta de servicio, y mientras a ella le daban instrucciones en la cocina a mi me entregaron una charola y me pusieron a repartir whiskeys a los invitados.
– Bueno, pero por lo menos ahora llegas temprano a las fiestas – dije dándole unas palmaditas en la espalda para animarlo un poco.
– ¡Que va! – Respondió – nada de eso, se sigue tardando el mismo tiempo que antes, con la diferencia de que ahora sale peor que como entra al baño...
Y es que por más que haga nuestra sociedad para prever la impuntualidad de los mexicanos, las mujeres siempre se las ingeniarán para llegar tarde a casi cualquier lado.
Este blog lo he creado para publicar mis cuentos y ocurrencias, espero que lo disfrutes.
jueves, 1 de noviembre de 2001
Muerte en vano
La liebre salió de su madriguera como todas las mañanas, olfateando y con toda la precaución posible para no ser visto por otra criatura, avanzó unos pasos y se detuvo por un momento, permaneció agachado y al cabo de un rato se enderezó un poco, agudizó todos sus sentidos tratando de descifrar su entorno, levantó las orejas tratando de detectar hasta el menor ruido a su alrededor, sintiendo en las puntas el movimiento del aire, olfateó nuevamente, volteó varias veces la cabeza para ver a su alrededor y no detectó ningún indicio de peligro, así que, nervioso como siempre, continuó su camino, comiendo algo de hierba por aquí y otro tanto por allá, así pasó la mayor parte de la mañana.
Poco a poco se fue acercando a la carretera, en ocasiones escuchaba pasar un automóvil, dejaba de hacer lo que estuviera haciendo y se agachaba, esperaba un tiempo y volvía a su rutina de detección de peligros, dispuesto siempre a huir a la menor sospecha de inseguridad y siempre alerta, continuaba con lo que le ocupaba.
Ya hacía varias horas que la cascabel había salido de su agujero y tomaba el sol para calentar su sangre, había permanecido en la misma posición durante todo ese tiempo, hasta que se percató de la presencia de la liebre y comenzó a seguir su rastro, avanzaba y sacaba su lengua constantemente para percibirla, se arrastraba sigilosamente, evitando el menor ruido posible para no ser escuchada, se detuvo por un momento, sacó la lengua, olfateó, y cual si fuera un radar conoció la posición exacta de la liebre, esta no se encontraba lejos, avanzó lentamente, sacó nuevamente su lengua para asegurarse de que la liebre se encontraba allí, continuó arrastrándose y por fin la pudo ver, la liebre se encontraba detrás de un matorral, solo era cuestión de rodearlo un poco y se apoderaría de su presa, había llegado el momento de almorzar, pero estos últimos movimientos debían ser aún más discretos que los anteriores, la cascabel comenzó a rodear el arbusto, la liebre sin percibir la presencia de la víbora dio unos pasos cortos alejándose, sin embargo, aún se encontraba al alcance de su depredador, la cascabel juntó su cuerpo tomando posición de ataque, echo hacia atrás la cabeza y al momento en que iba a lanzarse un ruido se escuchó, tensó sus músculos y se mantuvo así.
La liebre se agachó, ¿qué significaba aquel sonido?, lo había escuchado en varias ocasiones durante la mañana, pero en ninguna ocasión tan fuerte como en ese momento, el sonido aumentaba a cada instante, y parecía provenir por ambos lados del camino que en esos momentos cruzaba, permaneció agachada hasta que apareció aquella cosa rara que brillaba y se acercaba cada vez mas, se levantó un poco, no sabia que hacer, aquel animal no desviaba su camino, se dirigía hacia ella, la liebre quedó paralizada al igual que la víbora, ninguna había visto jamás una cosa semejante, la liebre tomó todas las fuerzas que tenía y de un salto giró sobre sus patas traseras lanzándose hacía atrás, sin embargo no pudo emprender su huida, antes de caer de ese primer salto se percató de la presencia de algo igual o peor que aquello que venia en camino, se encontraba frente a frente con la muerte, era la primera vez que había visto una víbora, pero en ese momento supo que había llegado su fin, solo una reacción veloz le podría salvar la vida, apenas cayó e instantáneamente pegó otro salto para escapar de esta segunda amenaza, pero la víbora, que aún mantenía tensos los músculos, se lanzó contra la liebre mordiéndola en el costado, hundiendo sus colmillos completamente en su presa inyectando su veneno, en ese momento pasó el automóvil a un lado de la liebre y la víbora se retractó, pero inmediatamente, al ver que aquel animal extraño había pasado de largo, se lanzó en la persecución de su presa, la liebre que había sentido un empujón y un agudo dolor en el costado, emprendió nuevamente su huida, cruzó el camino tan rápido como pudo, por poco y era aplastada por el automóvil que venía en sentido contrario, las llantas del auto habían rozado con su cola, tan pronto como cruzó el camino hizo un quiebre y se percato de que la víbora no venía tras ella, sin embargo no se detuvo.
La cascabel se retorcía en el camino, el automóvil había pasado encima de ella aplastándola por la mitad, el dolor era insoportable, sin embargo poco a poco iba desapareciendo junto con su vida, entre tantas contorciones había logrado salir del camino, mas no pudo avanzar más allá de la orilla, en un instante una sacudida causada por algunas convulsiones dio fin a su vida; la liebre que se encontraba no muy lejos de ahí se detuvo, todo le dolía y comenzaba a paralizarse su cuerpo, la huida había acelerado su corazón al máximo haciendo llegar el veneno a todo su cuerpo en cuestión de segundos, poco a poco sintió que perdía las fuerzas, trato de correr nuevamente, pero solo pudo dar unos cuantos pasos, el cuerpo se le paralizaba, el dolor era sustituido por un hormigueo, trato de dar un paso más, pero esto solo sirvió para que quedara tendida sobre la tierra, su respiración comenzó a hacerse cada vez mas pesada, ya no intentó moverse más, un sueño profundo se apoderaba de todo su cuerpo, cayó en un sueño profundo y no supo en que momento perdió la vida, una semana después no había ya rastro de ninguna de las dos, nadie se hubiera imaginado lo que ahí ocurrió esa mañana.
Poco a poco se fue acercando a la carretera, en ocasiones escuchaba pasar un automóvil, dejaba de hacer lo que estuviera haciendo y se agachaba, esperaba un tiempo y volvía a su rutina de detección de peligros, dispuesto siempre a huir a la menor sospecha de inseguridad y siempre alerta, continuaba con lo que le ocupaba.
Ya hacía varias horas que la cascabel había salido de su agujero y tomaba el sol para calentar su sangre, había permanecido en la misma posición durante todo ese tiempo, hasta que se percató de la presencia de la liebre y comenzó a seguir su rastro, avanzaba y sacaba su lengua constantemente para percibirla, se arrastraba sigilosamente, evitando el menor ruido posible para no ser escuchada, se detuvo por un momento, sacó la lengua, olfateó, y cual si fuera un radar conoció la posición exacta de la liebre, esta no se encontraba lejos, avanzó lentamente, sacó nuevamente su lengua para asegurarse de que la liebre se encontraba allí, continuó arrastrándose y por fin la pudo ver, la liebre se encontraba detrás de un matorral, solo era cuestión de rodearlo un poco y se apoderaría de su presa, había llegado el momento de almorzar, pero estos últimos movimientos debían ser aún más discretos que los anteriores, la cascabel comenzó a rodear el arbusto, la liebre sin percibir la presencia de la víbora dio unos pasos cortos alejándose, sin embargo, aún se encontraba al alcance de su depredador, la cascabel juntó su cuerpo tomando posición de ataque, echo hacia atrás la cabeza y al momento en que iba a lanzarse un ruido se escuchó, tensó sus músculos y se mantuvo así.
La liebre se agachó, ¿qué significaba aquel sonido?, lo había escuchado en varias ocasiones durante la mañana, pero en ninguna ocasión tan fuerte como en ese momento, el sonido aumentaba a cada instante, y parecía provenir por ambos lados del camino que en esos momentos cruzaba, permaneció agachada hasta que apareció aquella cosa rara que brillaba y se acercaba cada vez mas, se levantó un poco, no sabia que hacer, aquel animal no desviaba su camino, se dirigía hacia ella, la liebre quedó paralizada al igual que la víbora, ninguna había visto jamás una cosa semejante, la liebre tomó todas las fuerzas que tenía y de un salto giró sobre sus patas traseras lanzándose hacía atrás, sin embargo no pudo emprender su huida, antes de caer de ese primer salto se percató de la presencia de algo igual o peor que aquello que venia en camino, se encontraba frente a frente con la muerte, era la primera vez que había visto una víbora, pero en ese momento supo que había llegado su fin, solo una reacción veloz le podría salvar la vida, apenas cayó e instantáneamente pegó otro salto para escapar de esta segunda amenaza, pero la víbora, que aún mantenía tensos los músculos, se lanzó contra la liebre mordiéndola en el costado, hundiendo sus colmillos completamente en su presa inyectando su veneno, en ese momento pasó el automóvil a un lado de la liebre y la víbora se retractó, pero inmediatamente, al ver que aquel animal extraño había pasado de largo, se lanzó en la persecución de su presa, la liebre que había sentido un empujón y un agudo dolor en el costado, emprendió nuevamente su huida, cruzó el camino tan rápido como pudo, por poco y era aplastada por el automóvil que venía en sentido contrario, las llantas del auto habían rozado con su cola, tan pronto como cruzó el camino hizo un quiebre y se percato de que la víbora no venía tras ella, sin embargo no se detuvo.
La cascabel se retorcía en el camino, el automóvil había pasado encima de ella aplastándola por la mitad, el dolor era insoportable, sin embargo poco a poco iba desapareciendo junto con su vida, entre tantas contorciones había logrado salir del camino, mas no pudo avanzar más allá de la orilla, en un instante una sacudida causada por algunas convulsiones dio fin a su vida; la liebre que se encontraba no muy lejos de ahí se detuvo, todo le dolía y comenzaba a paralizarse su cuerpo, la huida había acelerado su corazón al máximo haciendo llegar el veneno a todo su cuerpo en cuestión de segundos, poco a poco sintió que perdía las fuerzas, trato de correr nuevamente, pero solo pudo dar unos cuantos pasos, el cuerpo se le paralizaba, el dolor era sustituido por un hormigueo, trato de dar un paso más, pero esto solo sirvió para que quedara tendida sobre la tierra, su respiración comenzó a hacerse cada vez mas pesada, ya no intentó moverse más, un sueño profundo se apoderaba de todo su cuerpo, cayó en un sueño profundo y no supo en que momento perdió la vida, una semana después no había ya rastro de ninguna de las dos, nadie se hubiera imaginado lo que ahí ocurrió esa mañana.
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