jueves, 1 de noviembre de 2001

Problemas de puntualidad

Una de las características principales de los mexicanos – decía a mi amigo Godión Cocoche – es la impuntualidad, tan es así, que en nuestra sociedad la puntualidad está mal vista, cuando uno organiza una fiesta o reunión, por lo general se cita a los invitados a una hora esperando a que lleguen, por lo menos, media hora… no digamos tarde, sino después; lo mismo sucede cuando se organiza un día de campo, se cita a los participantes en cierto lugar a las ocho de la mañana, para ir saliendo por ahí de las diez y media u once de la mañana a Chapultepec; aún en el trabajo, si la hora de entrada es por ejemplo, a las ocho y media de la mañana, se les otorga a los empleados quince minutos de “tolerancia” antes de sancionarlos con un día de descanso sin goce de sueldo, sin estos generosos minutos seguramente la empresa cerraría al tercer día por falta de gente. Aquí en la ciudad de México, en la organización de casi todos los eventos en los que se requiere de juntar a más de una persona, se considera de buena educación tomarse un tiempo de retardo para que la mayoría de los invitados, e incluso el anfitrión, arriben al lugar (en el caso de mi tía Filomena ella misma se da sus tiempos de retardo para estar con ella misma). Este último (el anfitrión, no mi tía Filomena) en ocasiones solo llega a tiempo a su entierro. Las bodas tampoco son la excepción, se cita a los invitados media hora antes de la eucaristía para que, aquellos que no logren llegar a tiempo, por lo menos lleguen a la iglesia cuando los pocos que asistieron se estén organizando para dirigirse a la fiesta.
Sin embargo, y muy a pesar de todas estas artimañas que nuestra sociedad con tanta delicadeza y conciencia ha desarrollado a través del tiempo, la mujer se las sigue ingeniando para llegar tarde a casi todos los eventos, excepción hecha de las baratas y las ventas nocturnas, en las que, contrario a la idea de que asisten con el objeto de obtener aquellos artículos que tanto necesitan, pero que durante todo el año no han podido comprar, llegan con la única y maquiavélica idea de adquirir aquello que, literalmente, mataría de envidia a sus más intimas arpías, perdón amigas.
En estas andaba cuando mi amigo Godión emitió un suspiro que partía el alma.
– ¿Que tienes Godión? – pregunté.
– Nada Rufino – me respondió con tono de sepulturero – lo que pasa es que hace unos meses, mientras mi mujer y yo nos preparábamos para ir a una fiesta, tuve una pequeña discusión con ella acerca de su impuntualidad, yo...
– Bueno, – le interrumpí – si fue una pequeña discusión no creo que sea razón suficiente para que estés así ¿no?
– ¡No hombre! No – me respondió – si no es la discusión lo que me tiene así, lo que sucede es que mientras yo le reprochaba su tardanza al arreglarse y ella se defendía diciendo que si se tardaba, era por que se arreglaba para mí, se me ocurrió la estupidez de decirle que prefería llegar temprano que verla arreglada.
– ¡Caramba! – Exclamé – y seguramente se te armó la grande.
– Pues no, simplemente se siguió arreglando y nos fuimos a la fiesta.
– Entonces no entiendo – asentí – ¿en donde está el problema?
Godión se frotó las manos, soltó otro suspiro y continuó – el problema es que me tomó la palabra y ahora a cada evento que asistimos va con unas fachas, que el otro día al llegar a la casa de los Villa Pérez, el mozo nos introdujo a la casa por la puerta de servicio, y mientras a ella le daban instrucciones en la cocina a mi me entregaron una charola y me pusieron a repartir whiskeys a los invitados.
– Bueno, pero por lo menos ahora llegas temprano a las fiestas – dije dándole unas palmaditas en la espalda para animarlo un poco.
– ¡Que va! – Respondió – nada de eso, se sigue tardando el mismo tiempo que antes, con la diferencia de que ahora sale peor que como entra al baño...
Y es que por más que haga nuestra sociedad para prever la impuntualidad de los mexicanos, las mujeres siempre se las ingeniarán para llegar tarde a casi cualquier lado.

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