Cocó la rana era todavía un renacuajo cuando decidió que no quería ser una rana, se había cruzado con unos pececitos de colores en el pequeño estanque y había quedado maravillado por la agilidad y gracia con que se movían en el agua, aquellos cuerpos tan esbeltos, forrados de una piel tan coloreada, eran en verdad envidiables, y más si se les comparaba con su transparente y regordete cuerpo. Comenzó a seguirlos e imitarlos, pero aquella enorme cabeza hacía que sus movimientos fueran torpes y pronto lo dejaron rezagado.
Por días trato de imitarlos, por la mañana hacía ejercicio para adelgazar, por las tardes hacía esfuerzos por cambiar el color de su piel y cada que se cruzaba con ellos se apresuraba para alcanzarlos y copiar su forma de ser, sin embargo lo único que lograba era provocar la risa de los pequeños peces. Una tarde, al intentar cambiar el color de su piel, hizo tal esfuerzo que – ¡Pop! –, algo broto cerca de su colita, intentó echar un vistazo, pero no alcanzó a ver nada, después de tanto esfuerzo quedó rendido y se quedó dormido. Al despertar, ya con la luz del día, Cocó pudo ver que un par de piernas comenzaban a salirle cerca de la cola – ¡Oh no! – pensó alarmado el renacuajo – con estas cosas jamás podré convertirme en pez – y se soltó llorando renegando de su par de nuevas patas traseras, y fue tanto su llanto que sintió necesidad de salir a tomar un poco de aire, al sacar la cara lo primero que vio fue una parvada de pájaros que iniciaban juntos su día con un gran paseo, aquello era realmente maravilloso, incluso mejor que el espectáculo de los peces, pues además de gracia y un plumaje hermosos, no había un estanque que los retuviese, fue tal su emoción que Cocó deseo convertirse en pájaro e intentó saltar fuera del agua, lo intentó una y otra vez, pero al final del día cayo rendido por tanto esfuerzo.
Por días trato de salir del agua, sus piernas traseras se fueron fortaleciendo y cada día que pasaba saltaba más y más alto, y con cada salto agitaba su cuerpo de un lado a otro, pronto percibió que comenzaban a salirle unas pequeñas puntas debajo de su cabeza, ¿serían sus nuevas alas?, tal vez, así que entre salto y salto hacía esfuerzos para que brotara su plumaje, hasta que un día – ¡Pop! –, algo terminó por brotar debajo de su cabeza y los pájaros se echaron a reír – ¡Oh no! – no eran alas lo que le habían salido a Cocó, sino otro par de patas – así jamás podré ser pájaro – pensó desilusionado el renacuajo y una vez más se soltó llorando renegando de su nuevo par de patas delanteras, fue tal su decepción que decidió abandonar el estanque, se acercó a la orilla más baja y logró salir ayudado por los pequeños y desiguales saltos que sus nuevas patas le permitían dar, como pudo se escondió entre las hojas de las plantas y las sombras del atardecer. Lloró mucho toda la tarde y cuando por fin abrió los ojos, Cocó quedó maravillado por la luz que emitían las luciérnagas en combinación con los sonidos de la noche, aquello era un espectáculo de luz y sonido impresionante, quedó tan sorprendido por el concierto, que quiso convertirse en luciérnaga, hizo esfuerzos por mucho rato tratando de hacer brillar su colita, pero al final el sueño y el suave canto de la noche lo vencieron.
Durante varias noches Cocó intentó hacer brillar su colita, pero el resultado siempre era el mismo: las risas de las luciérnagas, los chapulines y las chicharras, hasta que una noche, entre tanto esfuerzo – ¡Pop! –, algo sonó en su colita, - ¡Lo logré! – pensó la rana, pero al voltear a ver su brillante luz la ranita se desmayó.
A la mañana siguiente, cuando Cocó la rana se despertó, un par de enormes ojos la estaban mirando y una tremenda papada se acercaba amenazadoramente, de un gran salto Cocó se alejó y cayó en una saliente sobre el estanque, aquellos ojos y aquella papada le pertenecían a un inmenso y viejo sapo, Cocó sintió miedo y trató de acomodarse para dar un nuevo salto, pero se topó con la orilla de la saliente, el único camino era hacia el estanque, volteo hacia abajo y por vez primera vio su reflejo en el agua, se parecía mucho al enorme sapo, dirigió su vista hacia él y comenzó a llorar, pensando en que algún día se convertiría en aquello.
–Croac –dijo el sapo con grave y solemne voz, aunque en realidad quería saber por qué Cocó estaba llorando.
–Bribit, brebit –Cocó le contó su historia mientras escuchaba por vez primera su voz, habló de cómo al esforzarse por ser un pez le habían salido patas traseras, de cómo al tratar de convertirse en pájaro le habían salido patas delanteras y cómo al intentar transformarse en luciérnaga se la había caído la cola, y ahora en castigo, al parecer, se estaba convirtiendo en sapo.
–Croac croac –volvió a decir el viejo sapo, aunque en realidad quería decir que aunque a veces uno se convierte en lo que no desea ser, dudaba mucho que ella se convirtiera algún día en sapo, pero que, sin embargo, tal vez él podía ayudarla con su problema.
–Croac –dijo una vez más el enorme sapo, aunque esta ocasión el sapo no quería decir nada, sino únicamente croar, así que Cocó siguió esperando la solución del sapo.
–Croac – se escuchó por última vez en todo el estanque, antes de ser alguien más, debes primero ser una rana y después lograrás transformarte en lo que quieras, sentenció el viejo, y de un gran y pesado salto, el enorme sapo desapareció entre las plantas.
Cocó se quedó allí con los ojos como platos, ¿Qué quería decir el viejo sapo con que primero tenía que ser rana? ¿Pues qué no era ya una rana? Cocó se quedó mirando a sus parientes en el estanque y vio cómo saltaban de un lado a otro, aquello parecía divertido, escuchó como cantaban, realmente se la estaban pasando bien, se volvió a asomar hacia el estanque para observar su reflejo, el color de su piel era grandioso, tenía un verde esmeralda con vivos color negro y sus ojos ahora combinaban con su cabeza y su cuerpo, al verse pensó que tal vez podría soportar ser una rana por un tiempo, así que dio un salto hacia el estanque y por primera vez en mucho tiempo disfruto el contacto del agua con su piel, comenzó a nadar con sus cuatro patas y se dio cuenta que lo hacía con tanta gracia y rapidez como los peces, ahora su cuerpo estirado era esbelto, salió del agua y se puso a brincar con sus hermanos, esto era realmente divertido, cada salto le parecía un verdadero vuelo, aquello era emocionante, y todos saltando de un lado a otro era un gran espectáculo, entre saltos y nados se pasó el día muy deprisa, así que no se dio cuenta que la noche estaba cayendo hasta que las demás ranas comenzaron a salir del agua y a quedarse quietas, Cocó salió del agua, saltó hacia una gran hoja y esperó… Ribip… Croac… cri cri… shiqui-shiqui-shiqui… comenzó el concierto, de pronto sin darse cuenta comenzó a cantar y por primera vez formó parte del maravilloso espectáculo nocturno – cuanta razón tenía el viejo sapo – pensó Cocó – solo tenía que ser una rana para nadar como pez, volar como pájaro y brillar como luciérnaga en la noche – y con este pensamiento Cocó deseó ser una rana para siempre.
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