miércoles, 10 de septiembre de 2003

El hoyo

No recuerdo cómo fue ni cuando pasó, solo sé que un día amanecí encerrado entre estas cuatro paredes que, al parecer, se van a convertir en mi tumba el día que se canse de alimentarme.
Casi nunca alcanzo a percibir completamente la forma y dimensiones de los espacios de este hoyo, el lugar es muy oscuro, solo un poco de luz entra a través del pequeño acceso que casi siempre se encuentra a la altura del piso, es un hueco como de 10 cm de diámetro. Por lo general puedo moverme para adoptar una postura cómoda, sin embargo, a veces amanezco en posición fetal, con las rodillas bien juntas al pecho, y al querer estirarme me doy cuenta de que tengo una pared en la espalda y la otra pegada a las espinillas, por lo que me resulta imposible estirar las piernas; en otras ocasiones al despertar de alguno de mis letargos me encuentro completamente estirado, pero pegado de frente y espalda a dos paredes que me impiden girar; en un principio estas situaciones me desesperaban, en el esfuerzo de tomar una nueva posición me agitaba y comenzaba a respirar con mayor fuerza, esto me demandaba un mayor espacio, pero las paredes me lo limitaban, se me dificultaba la respiración y sentía como poco a poco me quedaba sin aliento, crecía mi desesperación y por último, cansado de tantos intentos, quedaba rendido y caía en un estado de somnolencia, y al volver en mi, me encontraba en una nueva posición y en un espacio diferente. Me di cuenta que era inútil desesperarme, que lo mejor era esperar el sopor para desatar estos cambios. También otras veces me sucede lo contrario, cuando me doy cuenta me encuentro en un lugar tan espacioso que puedo, libremente, estirarme y a veces, hasta pegar carreras hacia la pared del agujero en un intento inútil por tumbarla. Hay muchas cosas que no logro comprender aún, como el hecho de que me encuentre aquí encerrado, o en qué forma fui metido entre estas paredes, o por que cambian los espacios, o cómo es que le hace para meter dos veces al día un plato de comida a través de la pequeña entrada, siendo que la bandeja mide 25 cm de diámetro; todos estos cambios me intrigan, pues he escrutado perfectamente las paredes y el techo del hoyo y nunca encuentro pasadizo alguno, ni grietas en donde quepa, ya no diga mi cuerpo, sino el plato de comida, además de que invariable e independientemente de mi situación, siempre logro ver la entrada de luz, me pregunto si habrá alguien más que este viviendo una situación similar.
Muchas veces he podido asomarme por la puertecilla, y al igual que cambian las dimensiones de este agujero, también las vistas que me muestra de mi casa siempre son diferentes, mi único alivio es que cualquier estancia se ve limpia y ordenada, sin polvo e incluso reluciente; creo que a ella también le gusta la limpieza. Ahora recuerdo que las pocas veces que la vi cruzar algún cuarto, se veía limpia; completamente blanca; su pelo reflejaba un resplandor de seda. Creo que fue por esta razón que nunca sentí repulsión hacia ella y decidí que no tendría ningún problema en que habitáramos la misma casa.
La primera vez que la vi fue en mi cuarto, acababa de bañarme y mientras me secaba el cuerpo, al mirar a través del espejo, la vi acostada en la cama; verdaderamente me sorprendió, pero pronto recobré el aliento, volteé y clavé mi mirada en ella, sin embargo ni siquiera se inmutó, me acerque y le pregunté –¿qué haces tu aquí? – me miro e ignorando mi pregunta alzó su cara, llevó su nariz lo mas alto posible y empezó a olisquear el ambiente, como tratando de agotarse los aromas que mi piel despedía, creí que le agradaba el perfume del jabón con que solía lavarme el cuerpo, así nos quedamos algunos minutos; comenzaba a incomodarme su presencia y mi respiración lo demostraba, al final giró sobre la cama y desapareció debajo de ella, cuando me agache para descubrirla ya había desaparecido. Siempre hacía lo mismo, al igual que cualquier fantasma lo hubiera hecho.
Más tarde volví a tener encuentros con ella, encuentros pasajeros y distantes, sin embargo algunos de ellos me dejaron atónito, como el día en que la vi aparecer en la cocina, husmeando la alacena, parecía estar leyendo las etiquetas de las conservas, al final tomo una lata de jamón endiablado y me la mostró, comenzó a girarla y a morderla por la orilla, simulando que la abría y al ver que no reaccionaba la aventó hacia mis pies, tomé la lata, la lavé y saque del cajón el abrelatas, la abrí y me dieron ganas de aventársela, pero pensé que, después de todo, quien acabaría limpiando el tiradero sería yo, así que simplemente me limité a dejar la lata sobre la mesa y esperar a ver su reacción, ella la tomo nuevamente y se esfumó. Por meses vi desaparecer comida de la alacena, también desaparecían otros objetos, cubiertos, utensilios de cocina, herramientas e incluso algunos libros, entre ellos un diccionario, y parte de mi colección de revistas “hágalo usted mismo”; a decir verdad nunca le tomé gran importancia a estas desapariciones, otra persona hubiera hecho hasta lo imposible por recuperar todas sus cosas, sin embargo no era mi caso, no recibía visitas muy a menudo, por lo que la desaparición de la comida y los utensilios de cocina no vinieron a cambiar mi forma de vida, y en cuanto a los libros y revistas, hacia ya mucho tiempo que no los consultaba; mientras contara con lo necesario para poder vivir todo estaba bien.
La única vez que tuvimos un encuentro desagradable, fue una ocasión en que sin darme cuenta le di un pisotón, al instante lanzó un chillido ensordecedor que me hizo pegar un brinco y dejarla libre, no entendí lo que me dijo, su voz era tan aguda y suave que no logré entender nada, y por mas que quise disculparme y tratar de hacerle ver que la culpa era compartida, pues ninguno de los dos se había percatado de la presencia del otro, no quiso escucharme ni aceptar mis disculpas, se dibujó en su rostro una expresión llena de ira y rencor, que me dominó y me obligó a salir de la estancia. Mas adelante la volví a ver únicamente un par de veces, pero en ambas ocasiones me ignoró, desde entonces hasta hoy no la había vuelto a ver, ni siquiera el día en que al entrar a casa recibí un certero golpe en la cabeza que me dejó sin conocimiento y al despertar ya me encontraba encerrado en esta maldita cárcel.
A partir de aquel día comenzaron mis desesperaciones, mis incomodidades y mis sopores, hasta que una mañana al despertar, descubrí un centenar de hojas de papel y una pluma delante de mí, la primer pregunta que se me vino a la mente fue: ¿cómo sabe que me gusta escribir? La oscuridad y las dimensiones del hoyo me trajeron de vuelta a mi realidad, esas hojas no estaban allí únicamente para mi distracción; recordé haber visto la alacena casi vacía la última vez que había logrado ver la cocina, seguramente estábamos a punto de quedarnos sin comida y pensé que lo más lógico era que quería ponerme a trabajar, al llegar a esta conclusión se me vino a la mente una segunda pregunta: ¿cómo sabe que de esto vivo? No recordé ni aún recuerdo haberla visto nunca en mi estudio, tampoco nunca me sentí observado mientras escribía o mandaba mis narraciones a la editorial; por otro lado, no guardo copias impresas de mis escritos como para que los haya podido leer, la única evidencia que tengo en la casa del oficio al que me dedico, es mi computadora, pero para eso tendría que haber entrado y eso me pareció prácticamente imposible, no me parecía difícil que supiera prenderla, por meses me había mostrado ciertos rasgos de inteligencia, pero no conocía mi clave de acceso, sin embargo de alguna forma se había enterado y ahora sabía como surtir nuevamente la alacena. En un principio pensé en no escribir más, sería mejor morirme de hambre que seguir aquí encerrado en este mugroso agujero, pero a dos días de no probar alimento, mi espíritu flaqueó y comencé a escribir.
En un principio escribí, como siempre, de política, sin embargo la falta de contacto con el exterior me dejó fuera de la jugada, a pesar de que todas las tardes me ponía los noticieros, no era lo mismo, había perdido la fuente directa de información, ahora lo más que lograba hacer era escribir una reseña de lo que alguien más ya había escrito. En varias ocasiones fueron rechazadas mis narraciones, pues lo que escribía ya no tenia sentido ni ideas propias, así que tuve que echar mano de mi imaginación, supongo que en un principio habrá causado cierta inquietud en la editorial, pues ahora hablaba de cosas fantasiosas en lugar de política, sin embargo y a decir verdad, creo que mejoré por mucho la calidad de mis historias, antes estaba limitado por los sucesos, o por la forma en que querían que los viera y narrara, pero ahora no encontraba límites en mi imaginación, este cambio vino a modificar mi estado de ánimo; me di cuenta de que la luz que entraba por la puertecilla era cada vez más intensa e iluminaba mejor los espacios del hoyo, al grado de que llegué a ver perfectamente dentro de él, también desaparecieron por completo los cambios bruscos en las dimensiones del agujero y dejé de tener problemas de comodidad; todo ese tiempo tuve espacio suficiente hasta para caminar y ejercitarme un poco; logré regular mi sueño, me mantenía despierto por el día y dormía placidamente por las noches; por algunos meses no faltaron ni ideas ni comida, pero el ritmo al que tenía que pensar era muy desgastante, y pronto comencé a fallar en la entrega de trabajos, además la calidad de estos comenzó a disminuir, hasta el punto en que dejaron de aceptar mis historias, una vez más comencé a sufrir la penumbra, los trastornos de sueño que me atormentan día y noche, y los cambios bruscos en los espacios de este jodido agujero, una vez más he visto como la alacena se está vaciando; hoy por primera vez en todo este tiempo mi plato de comida está vacío, e igualmente por primera vez la he visto a través de la puertecilla, creo que lo hizo a propósito, se encontraba cómodamente sentada en uno de mis sillones leyendo el libro de física cuántica que nunca logré entender, y al ver mi ojo pegado a la pared alzó la cara y rió a carcajadas, aventando uno chillidos que parecían de burla.
Hoy por primera vez desde el día en que la vi recostada en mi cama, después de quien sabe cuantos días de encierro, me he tomado el tiempo de reflexionar, de recordar todos nuestros encuentros, y ahora que no puedo hacer nada, que al parecer comienzan mis días de agonía, que solo me quedan estas pocas hojas de papel y que no me quedan más ganas de escribir, ahora caigo en cuenta de lo que ha sucedido, he sido engañado por ella y por mi soberbia, me he cegado y no he querido darme cuenta de su evolución, no quise aceptar que ese desarrollo de inteligencia era inusual, y me lamento por no haber hecho nada cuando tuve la oportunidad de hacerlo, si tan solo hubiera imaginado la mitad de los cambios que he sufrido en mi vida por su culpa, habría matado a esa pinche rata.

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